Las candidaturas de la FARC y la política colombiana

El primer error de la FARC fue mantener sus siglas, el segundo escoger candidatos rechazados por la ciudadanía

La FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) ha designado a sus candidatos para las elecciones parlamentarias y presidenciales de 2018. El anuncio se conoció poco después de que el Consejo Nacional Electoral los reconociera como partido político. Una vez sabido que casi todos eran destacados jefes guerrilleros se inició la polémica. La cuestión es si personas con condenas y extensos antecedentes penales pueden ser candidateables.

En Colombia llueve sobre mojado. La actitud de la FARC al designar sus candidatos sabiendo del rechazo social que generan se incardina con las dificultades de un proceso de paz que mantiene numerosos frentes abiertos. La inmediatez de las elecciones lo enreda todo. Así, por ejemplo, la aprobación de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) se ha empantanado en el Senado. Ante tantas dificultades se especula que el presidente Santos podría decretar el estado de excepción y fijar por decreto las medidas que desbloqueen la situación.

La activación de la JEP es clave para habilitar políticamente a los jefes guerrilleros, comenzando por Rodrigo Londoño, Timochenko, aspirante a la presidencia. Entre tanto destacado representante de las FARC, hay miembros de su Secretariado y Jefes de Frente, como Iván Márquez, Pablo Catatumbo o Jesús Santrich. Todos tienen un largo historial delictivo y un fuerte rechazo social. Y si bien algunos han mejorado su valoración, siguen generando animadversión. Mientras la aprobación de la FARC está en el entorno del 1.5 al 2%, el rechazo de Timochenko es del 90%.

Muchos se preguntan si la FARC ha acertado o se ha equivocado, y más después de haber sostenido que no participaría en las presidenciales. Pese al rechazo, un objetivo de sus candidaturas es mantener la unidad interna amenazada desde dentro y desde fuera de la organización. Puede que tampoco quieran quemar candidatos con mayor potencial a medio plazo, sabedores de sus magros resultados en 2018. Así mismo, deben haber considerado la experiencia de grupos guerrilleros reconvertidos en partidos políticos como el salvadoreño Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).

La polémica también la impulsan quienes señalan que el comunismo del siglo XXI tomará el poder por la vía electoral. Y quienes alertan del potencial económico de la FARC, y de que el dinero del narcotráfico y otras actividades ilícitas financie campañas y permita llegar al gobierno. Pero si el objetivo de la paz era que la guerrilla cambiara las armas por la palabra y la política, esto parece estar lográndose pese a las dificultades existentes. Sólo con mermelada (dinero) no se ganan elecciones. Hay que convencer al ciudadano y parece que la FARC no va por buen camino. Su primer error fue mantener sus siglas, el segundo escoger candidatos rechazados por la ciudadanía. Si en el futuro pretenden hacer política deberán ser más modestos, olvidarse aunque duela de su glorioso pasado revolucionario e insistir en pedir perdón a las víctimas. Aunque lo ignoren, los tiempos han cambiado, incluso para ellos, portadores hasta ahora de un mensaje del pasado.

 

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