La sed

Esta es nuestra columna número 100. Hemos hablado de muchos lugares, pero ¿Qué implica el acto de viajar?

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

El mítico alquimista alemán, Dr. Fausto, vendió su alma al diablo a cambio de sabiduría y delicias ilimitadas. Insatisfecho con los límites de su vulgar pellejo humano, el doctor optó por vivir unos cuantos años de gloria, siendo plenamente consciente de las consecuencias que su decisión traería: una tortuosa eternidad en el infierno.

Lejos de criticar la decisión de Fausto, nos sentimos identificados con él. En realidad, nosotros hicimos algo aún más arriesgado: le vendimos nuestra alma al banco a cambio de relativamente poca sabiduría y unas cuantas delicias. Desde entonces vivimos atados a trabajos que pretenden saciar una sed inagotable de la que una sola cosa nos logra distraer: la posibilidad de conocer nuevas realidades.

Esta es nuestra columna número 100 y aunque es verdad aquello de que viajar es coleccionar lugares, fotos y vivencias, en nuestra experiencia ha sido también una colección de posibilidades y frustraciones: mientras más viajamos, más nos damos cuenta de que jamás conoceremos lo suficiente como para estar satisfechos.

Hay un cierto placer masoquista en el hecho de darnos de topes con nuestra propia ignorancia, por ejemplo: en darnos cuenta de que conocer Moscú no es conocer Rusia, en caer en cuenta de que Troya es Turca y no Griega, o en esperar que el Islam sea igual en todos los países musulmanes y toparnos en cada uno con nuevas y bellísimas formas de adorar al mismo Dios.

Aunque no hemos visitado 100 países aún, sí nos hemos dado centenares de tropezones con nuestra propia ignorancia, prejuicios y miedos; pero mientras más alto es el escalón del que caemos, mayor es el placer de sobar el golpe. ​

Nos atrevemos a decir sin vergüenza que viajar nos hace sentir cada vez más pequeños e ignorantes, pero a la vez, eso mismo nos ha hecho crecer como personas y probar los límites de nuestra mente. Esa es quizá la más feliz de todas las contradicciones.

Tras dos años de publicaciones, quizá el lector se sienta frustrado al no encontrar tantas sugerencias como se esperaría en una columna de viajes, pero los barecitos que publiquemos hoy se habrán evaporado mañana, en cambio, descubrir en un bar cualquiera de Tiflis que el vino se inventó allí mismo 8 mil años atrás, es una experiencia capaz de iluminar pasadizos invisibles en nuestra mente.

Nos alegramos en informarle, en primer lugar, que nos hemos esforzado porque esta columna no se trate de qué hacer en los lugares, sino de lo que los lugares hacen en uno. En segundo lugar, que la frustración es la madre de todos los viajes; vaya, hoy aceptamos sin reparos que no sólo entendemos la frustración fáustica y su sed, sino que hemos hecho de ella nuestro estandarte.

Por Ruy Feben y Carlota Rangel

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