La Roma de Alfonso Cuarón

Ha filmado una obra maestra. Una película que hay que ver muchas veces para entenderla del todo

Pedro Ángel Palou / Heraldo  de México

 

La crítica ha querido penetrar en las razones aisladas que hacen de la más reciente película de Alfonso Cuarón, Roma, una obra maestra. Cada una de ellas, indiscutiblemente mucho abona en la calidad excepcional de la cinta: la precisa, hermosa fotografía en blanco y negro del propio Cuarón -y la foto fija de Carlos Somonte-, la soberbia actuación de Yalitzia Aparicio, la meticulosidad con la que cada escena presenta en el espectador la magina de la memoria de 1970-71 en el México represivo y represor de Luis Echeverría y Carlos Hank. La enumeración podría seguir al infinito. Las grandes obras de arte, las totalmente memorables, lo son por la suma de sus partes, no por cada elemento aislado. Sin ninguna concesión sentimental pero profundamente anclada en las más profundas emociones humanas, Roma es una obra universal que solo puede pensarse porque su creador es un artista en el máximo momento de su carrera y porque el tema -y la autenticidad con la que decidió narrarlo- hicieron de su cinta la mejor que se haya filmado en México desde Los Olvidados (1950), de Luis Buñuel.

Precisión maniática en los detalles de la recreación, calidad brutal de la fotografía, ya lo dije. Impecable técnica, pero al servicio de contar visualmente una historia. Alfonso Cuarón se ha revelado como el mejor en este sentido. Todo está al servicio no se su historia o su memoria, sino de la historia de Cleo. Los ojos de Yalitzia Aparicio -a veces viendo al vacío, a veces fijos y chispeantes- y sus expresiones en las escenas más complejas, nos la revelan -a ella, que nunca había actuado- como una consumada actriz. Su rostro llena la pantalla y es mi mejor regalo cinematográfico de 2018.

Retrato íntimo -de una familia, de su casa, de la nana-, pero también épica reconstrucción de una época que no teme las escenas históricas. Lo mismo los halcones entrenando en un barrial del Estado de México bajo la égida de Hank González, que la propia matanza del jueves de Corpus contada desde una mueblería. Cuarón ha contado en una entrevista a Fernanda Solórzano que él tenía esa imagen, una fotografía de una mueblería y de los curiosos asomados a las vidrieras viendo, aterrados, la acción echeverrista, el estado represor en su máxima expresión.

Y es que la película es también un retrato de la masculinidad mexicana. El padre ausente, el halconcito cabrón que no se hace cargo de haber dejado embarazada a su novia y se fuga -el mismo que, desnudo, en un homenaje satírico a Mishima, utiliza el palo de la cortina de baño de un motel para hacer suertes de artes marciales frente a la perpleja Cleo. El estado patriarcal que mata inmisericordemente a sus hijos y los pone a unos en contra de otros. Si en una escena icónica el padre llega a la casa y es esperado y venerado mientras intenta meter su enorme Galaxy a la cochera de la casa -escena genial en donde él es visto como sinécdoque, una mano, un cigarrillo, el humo- revelándonos que es una figura de por sí ausente, incompleta. Retrato del machismo, del papel de la mujer relegada y abandonada. Cleo y Sofía finalmente son hermanadas por esa crueldad, son víctimas.

Cuarón no teme no cortar las escenas, utiliza largos travelings que nos permiten penetrar en la autenticidad de los personajes, las conversaciones, las fuerzas antagónicas. El homenaje a Redes en la escena climática, narrada con una cámara claustrofóbica, pese a suceder en el mar nos revela a un Alfonso Cuarón que pasa por todos los registros -del humor socarrón a la viñeta y al drama absoluto- para contar esa historia que no le ha dejado desde que era joven, o incluso niño. Si en Y tu mamá también la propia Libo, su nana, a quien está dedicada la película actual, participa en un cameo con Diego Luna ahora es Cleo-Libo la protagonista indiscutible de esta historia.

Alfonso Cuarón ha filmado una obra maestra. Una película que hay que ver muchas veces para entender del todo. Cada nueva visita será, seguro, un nuevo placer.

 

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