La política de la emoción

La nación está dividida entre quienes aman intensamente al Presidente y quienes lo odian

José Carreño Figueras / Columna Desde Afuera / El Heraldo de México
José Carreño Figueras / Columna Desde Afuera / El Heraldo de México

Estamos nuevamente en un momento político lleno de pasión por todos lados. Un hombre sólo se convierte en la obsesión, y se pierde toda comprensión de la sutileza y complejidad de la nación que lo creó. Así es la empatía. Las pasiones hacen que sea imposible dejar de pensar en el hombre. No podemos ir más allá de él, como mesías o monstruo. Estamos llenos de amor y odio, y nos ciega a la realidad y a nosotros mismos. En estos momentos, nuestras mentes están llenas de caricaturas simplistas de nuestro país, construidas alrededor de nuestros sentimientos sobre un sólo hombre.

El señalamiento del politólogo George Friedman refleja la ferocidad de las reacciones que rodean la Presidencia de Donald Trump, en un momento de la historia en que los estadounidenses parecen sumidos en un debate tan emocional como divisivo respecto a la situación de su país y en torno a la figura de su actual mandatario.

Esta no es la primera vez que la política estadounidense se llena de pasión. La nación está dividida entre quienes aman intensamente al Presidente y quienes lo odian. Existen profundas divisiones sociales y culturales, y no son nuevas. Trump no creó estas divisiones; más bien, emergió de ellas. Pero el debate político actual revela el gran peligro de ser apasionado: la pérdida de un sentido de proporción, reflexión y flexibilidad.

Friedman recuerda por ejemplo la era de la Guerra de Vietnam y la imagen del presidente Lyndon B. Johnson, que para muchos fue el villano absoluto de la época, aunque el iniciador de la participación de EU en Vietnam fue John F. Kennedy.

En el caso actual sea por estilo, por personalidad o por conveniencia, Trump trata de estar en el centro de atención con ideas o comentarios que debido a su improvisación no añaden valor al debate, pero crean mas polémica en torno a su figura. Tómese la reciente minicrisis de política exterior creada por el supuesto interés de Trump en comprar la isla de Groenlandia. El rechazo de Dinamarca, la potencia tutelar, provocó una airada reacción de Trump y la cancelación de una visita programada para septiembre.

Pero… Groenlandia nunca estuvo a la venta. México nunca iba a pagar el muro. La multitud de su inauguración nunca fue la más grande de la historia. No hubo culpa en ambos lados de los disturbios de los supremacistas blancos en Charlottesville. Los inmigrantes nunca estuvieron invadiendo nuestro país en hordas. Las verificaciones de antecedentes nunca iban a suceder (…) Entiendes la idea. Es la presidencia de Trump, escribió Chris Cillizza, analista de la cadena CNN y frecuente crítico del mandatario.

Pero cada uno de esos temas atizó los fuegos de la polémica, o creó una, con la idea primaria, al menos, de realzar la figura del mandatario ante sus seguidores.

Friedman tiene razón. Trump es un síntoma, no la enfermedad, y nadie es tan absolutamente malo o tan totalmente bueno que merezca una lealtad o una animadversión tan radicales. Pero históricamente, personajes como Trump parecen crecer y prosperar en ese ambiente, mas allá de que merezcan o no las pasiones que despiertan.

POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
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@CARRENOJOSE

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