La polarización como arma política

Uno de los elementos más peligrosos que observamos en la llamada 4T es la polarización

Mariana Gómez del Campo / Secretaria de Asuntos Internacionales del PAN /   Columna Invitada
Mariana Gómez del Campo / Secretaria de Asuntos Internacionales del PAN / Columna Invitada

Nadie puede negar que el sexenio anterior destacó por su voracidad, corrupción y desprecio por el ciudadano; desde Los Pinos se utilizó a las instituciones para beneficiar a unos cuantos, dejando de lado a los ciudadanos.

Como país llegamos a los límites de la tolerancia y el país requería de un verdadero cambio, por ello los mexicanos salieron a las urnas el primero de julio y optaron por una opción que les prometía un cambio radical basado en la voluntad de un solo hombre con un discurso que no incluía consensos ni propuestas claras, pero sí estaba cargado de promesas sin estrategias.

Sin embargo, uno de los elementos más peligrosos que observamos en la llamada Cuarta Transformación es la polarización que tiene su origen en Palacio Nacional a través de la construcción de una narrativa que distingue, de entre los mexicanos, a dos grupos: mafia del poder y el pueblo bueno y sabio. A través de sus larguísimos discursos, el Presidente ha forjado una enemistad basada en su postura hacia sus decisiones: las voces críticas son el enemigo y los simpatizantes son los buenos.

Ese discurso de odio crea una realidad inducida que impide la cohesión social, necesaria para la subsistencia de toda nación; lo más peligroso es que el medio para generar división parece ser inofensivo: una anécdota histórica distorsionada, una broma, una frase graciosa o una risa se vuelven peligrosas cuando son proferidas por el jefe de Estado desde una tribuna que es cubierta por todos los medios de comunicación convirtiéndola en un mecanismo de manipulación de la sociedad misma. Significa la cristalización de la perversa premisa que reza divide y vencerás dividiendo entre buenos y malos; fifís y chairos; amigos y enemigos, lo que debilita la capacidad de los mexicanos, de vernos como lo que somos: hermanos.

Es inevitable comparar y analizar que esta estrategia no es nueva, sino que ha sido implementada por regímenes autoritarios que tienen sumidos a sus pueblos en crisis alarmantes como el caso de Cuba, Nicaragua o Venezuela, donde los caminos hacia el consenso o la reconciliación están minados por el discurso de odio inyectado desde sus gobiernos y propagados a través de cientos de horas de publicidad oficial durante años. Las etiquetas están encaminadas hacia la misma dirección: por un lado, los leales son los chavistas, el pueblo, el campesino, los de abajo, y, por otro, quienes rivalizan con el gobierno son los fantoches, conservadores, oligarcas, imperialistas, vendepatrias, entre otras descalificaciones. El objetivo es uno: crear rivalidades artificiales a través de la satanización de unos y la idealización de otros.

No dejemos que el discurso de odio permee en nosotros; el disenso y las posturas ideológicas enriquecen las políticas públicas mediante el diálogo, la concertación y la búsqueda de consensos. El cambio de rumbo, si bien en gran medida está determinado por las políticas públicas, depende de la actitud de los ciudadanos.

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