La muchedumbre de Gante

Al visitar Bélgica, es fácil perder una de sus joyas más valiosas, pero también más secretas. Se trata de algo que está no en Brujas, sino en otra ciudad flamenca

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

Si se juntan las palabras Bélgica y Edad Media, normalmente de la mezcla sale Brujas. Sus canales y empedrados, sus placitas y fachadas, están invadidas de rostros que apenas pueden distinguirse entre la muchedumbre de turistas: ecos de gestos que a veces parecen conocidos y a veces resultan el ceño de un demonio con el que alguna vez soñamos.

Brujas ocupa tanto espacio de la Flandes medieval, que sus ciudades vecinas podrían parecer la innecesaria rebaba para un viaje digno. Tal es el caso de Gante. Sí, tiene su puentecito y sus casas de piedra sostenidas sobre enredaderas tupidas.

Pero basta un mínimo sorbo de tiempo para hacer el área turística. En pocas horas peinamos la ciudad, bebemos cerveza y comemos papas, nos tomamos la selfi junto al canal; buscamos formas de matar el tiempo antes del tren de vuelta a Brujas: bebemos más. El mareo y el tedio nos hacen entrar a una iglesia nada atractiva; el alcohol se nos baja cuando vemos que allí está la joya de la ciudad: La Adoración del Cordero Místico, de Jan van Eyck.

Salvo por un par de intrusiones esporádicas, el retablo es nuestro. La audioguía nos informa que acaba de ser restaurado; quizá sean las cervezas, pero de pronto sentimos que todos los elementos de la obra se reunieron exactamente en este momento para que descubramos algo vital tras las referencias místicas del retablo.

Ha sido robado, troceado, vendido, violentado y restaurado incontables veces. En 1781 José II de Habsburgo consideró que la representación de Adán y Eva de Van Eyck era grotesca, sus cutres cuerpos medievales le parecían vergonzosos frente a los gloriosos cuerpos del arte clásico; así que sustituyó las tablas con otras, en las que los primigenios hijos de Dios aparecían vestidos. Las tablas centrales pasaron por las tropas de Napoleón, y las laterales se vendieron una y otra vez hasta que llegaron a las garritas nazis, que los escondieron en una mina de sal junto con otras siete mil obras robadas.

Nos perdemos en los detalles de la ropa, las mínimas joyas, las decenas de especies vegetales que se pueden distinguir como sombras de rostros largamente perdidos, los ángeles que conforman el coro. La señora de nuestra audioguía nos informa que a través de sus expresiones se puede distinguir el registro de cada voz. Si se cierra el retablo, se puede apreciar una imagen de la Anunciación y, al fondo, a través de una minúscula ventana, la Gante medieval que Van Eyck tuvo frente a sus ojos. Al salir nos topamos con una nueva Gante distinta a la que vio el pintor, llena de otra especie de muchedumbre, distinta a la que hemos visto en otros Medievos.

RUY FEBÉN & CARLOTA RANGEL

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