La isla de México

Por siglos, los mexicanos nos ubicamos en una burbuja que nos encerró en nuestras guerras

José Carreño / Desde afuera   / Heraldo de México
José Carreño / Desde afuera / Heraldo de México

Una encuesta de opinión sobre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador abordó prácticamente todos los ángulos menos uno: la política exterior, ni siquiera la tan significativa relación con Estados Unidos.

La omisión no es accidental: refleja una forma histórica de pensar en México que regresó de hecho con el actual gobierno.

Hace unos 200 años Ignacia La Güera Rodríguez definía en una frase la actitud de los mexicanos, o al menos una parte de ellos, frente al mundo. Fuera de México todo es Cuautitlán.

Un siglo después, el pensamiento nacionalista,  tradicionalista o como se le quiera llamar, se plasmaba en aquella famosa frase: Como México no hay dos, con todas sus implicaciones inocentes y no.

Era la época en que los niños de escuela aprendíamos que la geografía de México era como un cuerno de la abundancia invertido y que 30 millones de mexicanos no pueden estar equivocados.

También los tiempos en que éramos la envidia del mundo gracias a la estabilidad revolucionaria y al haber superado intervenciones extranjeras, que buscaban dominarnos, debido a nuestros recursos naturales y a los que desafiamos luego con nuestra Expropiación Petrolera de 1938.

Éramos el país orgullosamente descendiente de aztecas y españoles, seguros de nuestra idiosincrasia y una cultura que era la envidia y la admiración del mundo. Y ahí estaban las ruinas precolombinas para probarlo.

Y nunca, sino en voz baja, se nos ocurrió referir aquella terrible frase de José Vasconcelos: La conquista la hicieron los indígenas; la independencia, los españoles. Inaceptable para nuestro ingenuo nacionalismo.

Pero al mismo tiempo, por siglos, los mexicanos nos ubicamos en una burbuja que nos encerró en nuestras guerras y conflictos. Las intervenciones externas, de individuos o naciones, fueron sólo incidentes en la causa mayor de dirimir nuestras divergencias.

Pero un día la realidad nos alcanzó y nos enteramos de repente que no éramos el mejor país del mundo, aunque tampoco, por cierto el peor –aunque no hay corrupción, desastres, tragedias, masacres peores o mayores que los nuestros.

Del aprendizaje a manejar una riqueza que estaba ahí, pero no llegó al pesimismo de los ochenta y la nueva sensación de exhilaración de los noventa –vía Tratado Norteamericano de Libre Comercio (TLCAN)–, aprendimos que el mundo tenía algo que ver con nuestra prosperidad y nuestras posibilidades de desarrollo.

Pero ese desarrollo, ahora con la etiqueta neoliberal, no entregó la igualdad social y económica que debía llegar por milagro/decreto del supremo gobierno, no del esfuerzo combinado de gobierno, sociedad e individuos.

Hoy, 200 años después de La Güera Rodríguez, reaparece la noción de que México es una isla que puede ignorar lo que ocurre más allá de sus límites. Pero eso nunca fue así y hacerlo tiene enormes riesgos.

[email protected]

@CARRENOJOSE1

¿Te gustó este contenido?




Lo mejor del impreso
OpiniónBueno / Malo / Feo

Bueno, malo y feo