La Isla de México II

Un Presidente con la legitimidad de AMLO puede tener un enorme peso en el ámbito internacional

José Carreño / Desde afuera   / Heraldo de México
José Carreño / Desde afuera / Heraldo de México

Para muchos dentro y fuera de México, la gran pregunta es hasta qué grado el gobierno mexicano será un jugador o un observador en el juego internacional.

La respuesta, hasta ahora, parece decantarse hacia el plano pasivo, el de observador.

Correcta o incorrectamente, desde el principio de su gobierno y particularmente en las últimas semanas, se ha hecho hincapié en la aparente decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador de concentrarse en los problemas domésticos y dejar de lado lo internacional, sobre la base de que una buena política exterior es la continuación de una buena política interna.

No es un mal punto, en tanto que haya consensos y equilibrios en ambas partes complementarias de la ecuación para un país como México.

Y ciertamente, un mandatario con la legitimidad que tiene AMLO puede tener un enorme peso en al ámbito internacional. Si elige hacerlo.

No se trata de que cambie su propuesta de neutralidad o una política de no intervención y respeto a la autodeterminación. Tampoco de que abandone planes y proyectos.

Se trata de la promoción activa, dentro y fuera del país, tanto de esos principios en lo político, como de México en lo económico, como un sitio de estabilidad, un confiable destino de inversiones y país en crecimiento.

Mucho de eso se logra con una buena política doméstica. Estabilidad financiera e imperio de la ley van de la mano con avances y mejorías sociales.

Pero eso ya no se logra en la autarquía o desde la barrera.

Ningún país puede darse el lujo de dejar su destino en las manos de otros sin al menos hacerse escuchar. Es la primera línea de defensa nacional.

Pero en cierta forma, el papel de observador es lo que plantea la ausencia de AMLO en foros internacionales, como la reunión del G-20 del próximo mes en Osaka (Japón).

Cierto, irán seguramente el canciller Marcelo Ebrard y el secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, (al que irónicamente tampoco le gusta viajar). Pero ninguno de los dos podrá participar en el foro principal, al que sólo tienen acceso los jefes de Estado o de gobierno asistentes.

El punto no es que López Obrador abandone sus principios, sino que amplíe su concepción de gobernanza: México está íntimamente integrado al sistema económico internacional y puede aprovecharlo en su beneficio y ayudar a cumplir muchas de las metas sociales, propuestas por él mismo.

El mundo actual es uno en flujo, uno que se encuentra en un proceso de cambio y en el que las instituciones internacionales parecen cada vez más agotadas.

México es una de las 20 mayores economías del mundo y uno de los países más poblados. No puede darse el lujo de quedarse al margen. Más aún, no debe.

La política exterior parece hallarse en un segundo plano en este gobierno y hay demasiadas voces con visiones divergentes, incluso dentro del partido gobernante.

Corresponde al Presidente hacer los ajustes necesarios.

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@CARRENOJOSE1

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