La isla de AMLO

Hace unos días, el Presidente fue abucheado al inaugurar el estadio de los Diablos

Wilbert Torre / Serendipia / Heraldo de México

Todos los presidentes se recargan, nutren y dejan guiar por un círculo íntimo de amigos y colaboradores que hacen las veces de confidentes y consejeros, y los ayudan, los animan o los persuaden para tomar o descartar decisiones, cuyas consecuencias pueden resultar positivas o desastrosas para ellos y para el país.

En los primeros años de gobierno, el presidente Enrique Peña encontró en David López, su vocero, a un consejero en el que se apoyaba todos los días, desde que amanecía –era la primera persona que veía en Los Pinos antes comenzar a trabajar–, para entender lo que sucedía en el país y el contexto de los conflictos, para imaginar y desplegar el ajedrez político que le hiciera posible evitar errores trascendentes y avanzar en medio de un territorio minado en la solución de problemas y conflictos.

En el sexenio, Peña cometió mil y una pifias al pronunciar discursos o improvisar en eventos oficiales. En distintas ocasiones, dentro y fuera del país, hubo aquí y allá personas que lo encararon y le gritaron de todo, pero se salvó de pasar el trago de vinagre que debe representar para un gobernante ser repudiado por sus gobernados, o por una parte de ellos.

Pese a la crítica feroz en su contra y a las redes sociales que lo crucificaban todo el tiempo, Peña nunca fue abucheado en público.

En realidad, Peña no se salvó: lo salvaron.

Ocho meses después de que dejó el gobierno, colaboradores cercanos a Peña coinciden, al analizarlo al paso del tiempo, como un presidente bien intencionado –pese a la corrupción que selló a su gobierno como un hierro ardiendo–, que no se levantaba el día –Peña dixit– pensando en cómo joder al país.

Una coincidencia notable es que sus ex colaboradores no lo definen como un presidente soberbio o cerrado como una ostra a recibir consejos y dejarse guiar en situaciones complejas. Todos los presidentes tienen tentaciones; Peña las tuvo, pero su círculo cercano de colaboradores –Luis Videgaray, Aurelio Nuño, David López– lo frenó. Todos los años lo invitaron a la inauguración de la Fórmula Uno, y el Presidente moría de ganas por asistir, pero desistió, aconsejado por sus amigos: si vas, le dijeron, te van a abuchear.

Lo más que sus colaboradores llegaron a consentirlo fue cuando Peña inauguró el estadio de los Rayados de Monterrey: cerrado, vacío, sin gente, libre de riesgos. Hace unos días, AMLO fue abucheado al inaugurar el estadio de los Diablos. Un hecho emerge: es el primer tropiezo, la primera descalificación pública al Presidente mejor evaluado por los mexicanos en la historia reciente. Una buena calificación demostró el abucheo, no es sinónimo de blindaje de acero. ¿El Presidente tomó solo la decisión de asistir al estadio o se dejó orientar por sus colaboradores? El Presidente no necesita, como Peña, de un puente para acercarse a los ciudadanos. Sí precisa, en contraste, de consejos y advertencias que le eviten tropezar. El problema es que nadie, o casi nadie, se atreve a decirle nada, o casi nada.

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