La impermanencia

Pensar en perder a nuestra familia, o incluso ver desaparecer nuestros proyectos, resulta perturbador y ante ello le damos la vuelta

Jesús Martín Mendoza / Ojos que sí ven / Heraldo de México

Aun cuando la mayoría estamos de vacaciones, con el disfrute de la familia, los amigos y la alegría que nos da el sol de la primavera, en este Viernes Santo recordamos la muerte de Jesús en la cruz para la salvación de nuestros pecados.

Por la cultura llegada desde España, a los mexicanos no nos gusta hablar de la muerte, lo entendemos como el momento más doloroso de la vida: la partida, la desaparición física, es cuando nos damos cuenta de la impermanencia de las personas y de las cosas.

Nadie está preparado para las partidas ni para el fin de la obra humana.

El sólo pensar en perder a nuestra familia, amigos o inclusive ver desaparecer nuestros proyectos, resulta perturbador y ante ello mejor le damos la vuelta.

Pero la realidad es que el tiempo pasa y hasta lo que creíamos permanente, entendemos dolorosamente que no es así.

El 11 de septiembre de 2001 el mundo occidental no podía comprender o imaginarse a la ciudad de Nueva York sin sus Torres Gemelas. Hoy ya no existen y la vida sigue.

El lunes pasado nadie podía imaginar que una obra de arte del medioevo, cuya construcción duró 200 años y por ello se entendía eterna, sucumbiera a un incendio, desapareciendo en cuestión de minutos las obras y las reliquias que dieron cimiento a la cristiandad, la cultura y la imagen de Europa; nos dimos cuenta de que Notre Dame no era para siempre.

El budismo considera dentro de su filosofía entender y aceptar que nada es seguro en la vida, que lo único seguro es el cambio, que el ciclo de la vida es nacer y morir, empezar y terminar.

Aceptar la condición de la vida y de las cosas, de su impermanencia, asumir que nada estará por siempre, nos liberará del sufrimiento y del estrés de un sinfín de hipótesis de lo que acontecerá en el futuro.

Saber soltar, saber contemplar y dejar ir, según los conocedores de esta filosofía ayuda a la paz interior y nos prepara para un nuevo ciclo.

Ésa es la razón por la que Emmanuel Macron, presidente de Francia, al día siguiente de la tragedia de Notre Dame, no solo prometió una reconstrucción rápida en tan solo cinco años, sino que además aseguró: Notre Dame será más bella.

Esa promesa ayudó a soltar y dejar ir esa obra de arte y, además, mitigó el deseo de encontrar a un culpable; se trató de un accidente y nada más.

Entender la impermanencia debería integrarse a nuestras vidas para impulsarnos a buscar no lo grande, sino lo grandioso, a lograr la trascendencia histórica que a decir de Jorge Traslosheros, investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, es el verdadero reto para la humanidad.

Corazón que sí siente

Explicaciones sesudas he leído sobre los

zapatos sucios de AMLO.

Creo que es más importante hacerlo entender y aceptar que un memorándum nunca estará por encima de la Constitución de la República.

 

Por JESÚS MARTÍN MENDOZA

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