La felicidad, ja ja…

Todo adulto se da cuenta de que la vida no tiene sentido y eso abre un hueco enorme en la conciencia del ser

Pedro Ángel Palou / El Heraldo de México

¿Somos felices los seres humanos o somos seres deseantes, por ello seres carentes, a los que siempre, siempre les falta algo? El título de esta columna nace de un libro de cuentos de Bryce Echenique (cuando era feliz e indocumentado y no plagiaba), porque se ríe de la misma posibilidad de ser felices. Creo que cuando mucho podemos estar en paz. Y paz significa indiscutiblemente libertad; que en la medida de las posibilidades en el tiempo se logre cierta estabilidad: las metas han sido alcanzadas dentro de los límites de las propias capacidades.

Creemos que hay un destino, o algo que marca nuestros pasos, que le da un sentido, quizá porque a nosotros se nos escapa, precisamente, eso que le da coherencia a nuestro devenir. Y sin embargo, la física y la matemática contemporánea han demostrado lo aleatorio que es nuestro peregrinar por la tierra. Lo random es el verdadero transcurrir. Queremos, además, proporcionarle un sentido, un significado, porque eso además de una finalidad –la idea de destino implica un fin–, le otorga una teleología, una razón superior por encima del capricho de la naturaleza o de nuestras decisiones. Hoy tomamos esta decisión, que es un error sólo retrospectivamente. Cuando decidimos es sólo una posibilidad. ¿No será ésa la tragedia misma de la vida, pero también su gran apuesta?

Que se vive progresivamente, sin sentido, pero sólo puede haber una coherencia retrospectiva.

Posibilidad y necesidad, la fuerza de la voluntad y la fuerza de lo antagónico es lo que determina la verdadera naturaleza de la vida. Actuamos, pensando que tal volición, que tal decisión, nos acercará a nuestro deseo y, en ese mismo momento, se abre un enorme abismo, el antagonismo de la vida misma nos hace percatarnos que todo problema es un dilema, que solucionar algo implica, radicalmente, abrir un nuevo problema. Se pierde ganando o, mejor, se gana perdiendo. Borges lo supo: sólo es verdaderamente nuestro, dijo, lo que hemos perdido.

Todo adulto se da cuenta de que la vida no tiene sentido. Eso abre un hueco enorme en la conciencia del ser. Se da cuenta, si tiene suerte, que puede llenar el hueco con ciertos significados parciales (la familia, el amor, el trabajo) o retacarlo de falsos sentidos (los escapes).

Cambiamos. Somos otros, creyendo que somos los mismos (ni siquiera, biológicamente, ya cada una de nuestras células habrá desaparecido, o se habrá renovado en 15 años). Así que quinquenalmente somos totalmente nuevos. ¿Y en lo demás?

Nos seguimos buscando. Buscamos y anhelamos la felicidad. ¿Por qué? Porque una vez que lo tenemos claro, nos damos cuenta, a la vez, qué lejos estamos de conseguirla.

Leemos novelas porque de esa manera vemos cómo otros seres humanos se enfrentan a las decisiones más complejas y difíciles, y escogen bajo presión, a veces al límite mismo de la experiencia humana

En los dilemas morales de los personajes de novela, se cifran nuestros propios conflictos internos. Dilema quiere decir escoger no entre dos posibilidades igualmente posibles, sino –como en la vida misma– entre el menos malo, el menos dañino, el más riesgoso, yo qué se. Dilema quiere decir escoger sabiendo que se ganará perdiendo, sacrificando.

La vida es eso: un sacrificio en busca de la felicidad siempre postergada, siempre lejana.

POR PEDRO ÁNGEL PALOU

COLABORADOR

@PEDROPALOU

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