La escuela de Camacho

En momentos como los que se viven en la Cámara de Diputados y en el Senado, se extraña la presencia de Camacho Solís

Martha_Anaya_
Martha Anaya / Alhajero / Heraldo de México

Manuel Camacho Solís tuvo fama de ser un gran negociador.

A lo largo de su trayectoria —desde su intervención en los resultados electorales de 1988 que permitieron a Carlos Salinas de Gortari sentarse en la silla presidencial, hasta sus últimas intervenciones en el Senado en contra de la Reforma Energética (2014)—, la negociación política fue su principal activo.

Negociador de pies a cabeza. Para bien o para mal. Con aciertos y con errores. Pero negociador político al final de cuentas. Como pocos.

Esa característica lo acercaría al poder. A personajes ya encumbrados, a representantes de poderes fácticos, a jóvenes promisorios con posibilidades de escalar y de moverse desde los sótanos de Bucareli hasta los pasillos del Palacio Nacional.

Pero esa escuela de Camacho —con distinguidos antecesores en el viejo mundo de la política priista del siglo pasado— tenía no sólo un lado positivo (el resolver o destrabar conflictos). También padecía su aspecto negativo.

Sus adversarios sostenían que el exregente de la capital se la pasaba creando conflictos por doquier, para luego aparecer como el salvador del gobierno y quedar como el gran negociador político.

Lo acusaron, por ejemplo, de haber montado la rebelión de Chiapas en 1994. De que toda la historia del levantamiento zapatista no era más que un montaje de Camacho Solís, creado como respuesta al régimen por no haber sido él, el elegido como candidato a la Presidencia de la República.

Esta parte oscura sobre el Comisionado para la Paz en Chiapas —tejida desde la oficina de José Córdova Montoya, el hombre que durante casi todo el sexenio contó con la confianza del presidente Salinas— lo persiguió durante años, pero logró sobreponerse. Gracias, entre otros actores, al apoyo de Andrés Manuel López Obrador.

Con el tiempo, y tras su muerte, la leyenda oscura quedó arrumbada. Volvió a hablarse de la escuela de Camacho. Es decir, de un buen negociador.

Viene el recuerdo a cuento —aunque no precisamente por la parte luminosa— a propósito de Ricardo Monreal y de Mario Delgado, los líderes de Morena en el Congreso.

Del senador zacatecano no cabe duda que es un magnifico negociador, pero en ocasiones queda un tufillo de duda sobre sus acciones: El reencuentro que organizó entre los poblanos Miguel Barbosa y Alejandro Armenta, por ejemplo, ¿les pareció auténtico?

¿No les quedó la impresión de una burda manipulación detrás de la actitud de Armenta y de Alejandro Rojas vis a vis de Yeidckol Polevnsky en el marco de las luchas de poder dentro del partido?

En cuanto al coordinador de los diputados de Morena, cuesta trabajo considerarlo siquiera un buen político. Se va de bruces solitito…

***

GEMAS: El próximo lunes iniciará la construcción del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México en Santa Lucía.

 

[email protected]

@MARTHAANAYA

¿Te gustó este contenido?




Lo mejor del impreso
OpiniónSacapuntas

Sacapuntas