La emoción

José Tomás regresó a la monumental Plaza México, pero ahora lo hizo con mayor fuerza y gran calidad artística

La emoción

La emoción rebasa el razonamiento, nubla la mente por un instante. La tierra se traga todo lo demás. La rutina diaria de una ciudad maquinal simplemente no existe. Son instantes donde el diletante vive una experiencia única. Es el placer estético que provoca un arte que no es fijo, como la pintura o la escultura o la fotografía, sino que se mueve, con suavidad, sin prisa. Una buena faena se aísla del mundo. El toro y un torero llamado José Tomás se funden en la creación artística.

No es que se paren los relojes, como algún escritor imaginó hace décadas en una crónica taurina no exenta de toque poético, sino que dentro del tiempo, que sigue su marcha, que avanza implacable, que acabará por vencer- nos a todos, surge el éxtasis que proviene de la estética del arte del toreo.

Las palabras de Alberti parecieran dedicadas a este hombre tímido, reservado, ermitaño, que no da entrevistas, pero habla con sinceridad a través de capotes y muletas: Con la naturalidad, con la llaneza propia de lo verdadero, de lo que no ha brotado en la tierra para el engaño. Tomás es la entrega sin concesiones, una filosofía expresada a través de una tauromaquia.

El enigmático diestro que impide que sus corridas se transmitan por televisión, regresó con el valor intacto, con la misma bandera de siempre y con su sinceridad desprovista de efectismos o salvoconductos para aminorar el peligro inherente al acto de ponerse delante de un toro. Volvió, ahora con mayor pureza y calidad artística, con más limpieza y longitud en su trazo, a torear reunido, a torear distinto, a estremecer con gaoneras, derechazos, naturales y pases por alto a la mínima distancia de los pitones. No se puede torear más cerca ni con más verdad.

Tomás arriesga en todo momento, siempre se pone, nunca retrocede, destierra los ventajismos, pisa terrenos comprometidos, acorta las distancias y se pasa muy cerca al toro, provocando una emoción incontenible. Se juega la vida, y aquí sí cabe la sobada frase de cajón, utilizada vulgarmente en situaciones de poca envergadura. El lenguaje de los toros puede permitirse licencias, pero no debe nunca rayar en la exageración o la cursilería.

Esta vez no hubo inmolación. La cara ensangrentada y polvosa, las volteretas, la mala vida entre los pitones, todo eso quedó atrás. Temple lento, sublime, con el extraordinario toro aldinegro de Jaral de Peñas.

En ningún momento, José busca el aplauso fácil. No re- parte sonrisas y mira poco a los tendidos. Va a lo suyo: a torear. A torear para un público, sí, pero principalmente para él. Repudia deliberadamente los artilugios. No se jalea sus faenas ni pega voces a los toros. Le place torear pegado al toro. Hacerlo así es una obsesión. Se planta ahí, donde él mismo dice que queman los pies, y no se mueve, así se le venga el mundo encima.

Encontrándose en un momento extraordinario, ¿estará en la mente de José Tomás volver a los ruedos el año que viene?

 

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