La debilidad del gobernante

Quienes están en el Congreso por el partido Morena representan casi solamente la oleada lopezobradorista de 2018, y no a un conjunto de demandas sociales con fuerza y organización política propias

Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México

Como ya he comentado, López Obrador es un presidente extraordinariamente poderoso. Esto por la extraña combinación de que Morena tiene amplias mayorías parlamentarias, y es al mismo tiempo sumamente débil en la sociedad. Ello le permite una concentración del poder peligrosa que difícilmente habrían podido lograr, en tiempos democráticos, presidentes de cualquiera de los partidos tradicionales (PAN, PRI, PRD) aún con las mismas mayorías en el Congreso. Es como si tuviéramos un Presidente independiente, sin Poder Legislativo.

Decía Giovanni Sartori respecto de los partidos políticos que hay quien piensa que éstos podrían ser sustituidos por encuestas, estudios de opinión y… por los propios ciudadanos sentados en las terminales de sus computadoras… escribiendo sus preferencias y sus ideas políticas… Sin embargo, los partidos dan algo que no puede brindar ninguna encuesta y ninguna máquina. Transmiten unas exigencias respaldadas por una presión. Es decir, los partidos en democracia cumplen una función expresiva indispensable: articulan demandas que tienen una base social identificable y razonablemente estructurada.

Y si bien Morena sigue siendo la opción con más apoyo de cara a 2021 (46% según la encuesta en vivienda de Reforma en febrero, 18%, según la telefónica de El Financiero en marzo), esa aprobación está totalmente subordinada a la figura del Presidente.

Si a ello sumamos su notoria crisis de sucesión en el liderazgo formal, y el que las bancadas legislativas han sido mínimamente capaces de ofrecer un complemento o acaso resistencia a lo impulsado desde Palacio Nacional, la imagen está completa.

Morena no cumple, ni de lejos, con esa función expresiva, de transmisión de exigencias respaldadas por la población.

Por ello es tan fácil eliminar las estancias infantiles y desarticular de golpe el sistema de salud. Por ello es tan fácil militarizar la seguridad pública.

Por ello es tan fácil echar abajo programas sociales mundialmente premiados para sustituirlos por otros sin respaldo técnico alguno.

Porque quienes están en el Congreso por ese partido representan casi solamente la oleada lopezobradorista de 2018, y no a un conjunto de demandas sociales con fuerza y organización política propias.

Sin duda, algunas figuras parlamentarias han expresado sus objeciones, e incluso en ocasiones han logrado modular algo de lo planteado desde el Ejecutivo apalancándose en la oposición.

Pero ello se debe más a su pericia individual que a la raigambre del partido entre las distintas organizaciones y segmentos de la población.

El diagnóstico se sostiene.

Existe un profundo desprecio por los partidos políticos; se les ve como un conjunto rapaz de mezquindades y abusos. Pero la alternativa que hoy vivimos es elocuente.

Cuando funcionan bien, en democracia, los partidos eligen liderazgos responsables, ordenan y estructuran las demandas ciudadanas, contienen los excesos de los poderosos, y construyen escenarios de optimismo y de confianza.

Todo ello es sumamente escaso en nuestro país. Y no sólo en el partido gobernante.

POR ALEJANDRO POIRÉ

DECANO ESCUELA DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO TECNOLÓGICO DE MONTERREY

@ALEJANDROPOIRE

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