La cultura europea y el Brexit

Los países europeos necesitan de la migración. Son los migrantes los que hacen los trabajos que los demás no quieren hacer

Pedro Ángel Palou / Heraldo  de México
Pedro Ángel Palou / El Heraldo de México

 

 

Europa está en agonía. El modelo mismo de Europa –que los irlandeses rechazaron- y del que los británicos buscan escapar, estaba basado en una serie de ideas que buscaban hacer sobrevivir un mito, el del humanismo occidental y sus bondades. La concepción misma del hombre –libre, igual, fraterno- que lo sostenía dio pie a los últimos verdaderos estados de bienestar. A eso se sumaron en una última utopía los países que decidieron hacer una comunidad europea (pero el adjetivo los traiciona, económica) y da al traste al final con el proyecto mismo: hoy parece que sólo se trata de hermanar a un grupo de consumidores potenciales. En ese sentido, y sólo en ese, puede entenderse que la conquista social mayor de ese estado de bienestar, la semana de 35 horas, haya sido echada por tierra por el neoliberalismo. Inglaterra desmanteló no solo con Tatcher, sino con cada gobierno posterior ese estado de bienestar, con la educación e incluso con su orgullo, el sistema de salud.

Como todos los países desarrollados los europeos necesitan de la migración. Son los migrantes, como dijera el clásico, los que hacen los trabajos que los demás no quieren hacer, pero también como en el caso alemán, los que pueblan unas ciudades hace poco vacías de niños y descendencia. En el caso de Francia o en el de Inglaterra,  además hay una culpa no aceptada con sus colonias.

Europa no sabe cómo vivir su multiculturalidad. Un filósofo ha rebautizado por ende la tríada que dio pie a la revolución francesa: libertad, fraternidad, discriminaciónEl drama de los sin papeles en Europa es una herida cotidiana que no hace sino ahondarse.

El europeo actual es uno de los seres más egoístas del planeta. Está dedicado a todas las formas del onanismo. Se embarca en un nuevo mito que ya había denunciado Nietzche, el del orientalismo –sus masajes, sus músicas, sus ritos, hasta sus deportes-; no es raro ver en sus parques a un maestro chino moviéndose con extrema delicadeza y lentitud mientras un grupo de veinte europeas que lo imitan con la torpeza de un orangután. Viajan una vez al año, vive solo o sola (hay ciento cincuenta mil divorcios al año en Francia y apenas diez mil matrimonios más, así que háganse las cuentas), consume productos de belleza y cuidado personal y otro puñado de etcéteras. Está metido, como los norteamericanos en ese enloquecido ideal de felicidad. ¿Y a todo esto, no es esa palabra, felicidad, la que el capitalismo democrático usa para referirse a su proyecto económico y disfrazarlo, no es esa la crítica ideológica más feroz a hacer, la única que nos queda, a la felicidad como búsqueda insaciable?

No hay nada genuinamente nuevo, original, revolucionario en el arte europeo. Se terminó el mito que la generación perdida norteamericana y el boom latinoamericano nos crearon en el imaginario. Ni aparece la maga, ni Rocamadur se muere, ni Oliveira escribe los fragmentos de Rayuela. El síndrome de Ulises, la novela de Santiago Gamboa, retrata fielmente un Paris que ya tampoco sabe vivir feliz todas las patrias. Hay unas islas, pequeñas. Algunos escritores retirados del circo, que anhelan volverse invisibles y silenciosos, como Pascal Quignard. Nada más. Todo lo otro lo engulló el mercado y lo devoró devolviéndonos a sus hijos espurios. Rimbaud ya lo sabía y por eso se fue a tratar con esclavos a Abisinia: ¡La vida está en otra parte!, gritó desesperadamente. Verlaine alcanzó a dispararle su pistolita casi de juguete. Un rasguño para quien había abandonado la poesía.

John Lancaster acaba de publicar El muro, una novela que sigue a su aguda El Capital. En ella se imagina una distopía en un futuro que puede ser ayer en la que la crisis climática y de migración obligan a Inglaterra a aislarse de Europa y el mundo. Es una metáfora y es una parábola. Aislados, recluidos, inventan un muro que en lugar de resguardarlos los aniquila. Como el muro de Trump acá, de este lado del Atlántico, un muro absurdo que tiene ya a los Estados Unidos en el más largo cierre de gobierno de la historia. Hoy sabemos que las mismas artimañas que hicieron que un sector de los votantes ingleses votaran asustado por el Brexit son las que lograron que Trump ganara las elecciones. Es la nueva ciberpolítica lidereada por Rusia, el único que se beneficia de que en treinta años el neoliberalismo no haya logrado mejorar la vida cotidiana de los seres humanos.

Tendríamos que ser más creativos para buscar mejores soluciones que muros y que escapes de uniones monetarias como la europea. Tendríamos que aprender a vernos unos a otros de verdad.

 

 

COLABORADOR

@PEDROPALOU

 

 

 

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