La credibilidad y el gobierno mexicano

Día tras día, los partidos políticos, los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, en los tres niveles de gobierno, lo confirman, ya que al parecer protegen más intereses personales, que a sus representados: los ciudadanos

 Martha Gutiérrez/ Columnas El Heraldo de México
Martha Gutiérrez/ Columnas El Heraldo de México

Actualmente, nuestro país vive una crisis democrática profunda. Desde los años 60 la credibilidad y confianza, factores determinantes para cualquier democracia, están en franco e imparable declive.

Incluso, si analizamos sobre todo el principio de representación política, veremos que hoy dicha representación es prácticamente inexistente.

Día tras día, los partidos políticos, los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, en los tres niveles de gobierno, lo confirman, ya que al parecer protegen más intereses personales, que a sus representados: los ciudadanos.

Las pasadas elecciones del primero de julio de 2018 fueron un claro reflejo de esta circunstancia y la consecuencia es tan evidente, que mientras el presidente Andrés Manuel López Obrador concentra entre 60 y 80 puntos de opiniones positivas (ojo, como persona, más no como institución), todas las demás instituciones tan solo reflejan poco menos de 20 puntos.

De acuerdo con reportes de diferentes casas encuestadoras, esa cifra es prácticamente la misma aceptación que tiene un policía de tránsito.

A pesar de que estos principios deberían ser para todos los poderes y partidos políticos de suma importancia, preocupación y ocupación, la realidad es que ni siquiera son objeto de interés y atención de los gobernantes, y tal parece que transitan por caminos diferentes. El mejor ejemplo lo dieron el gobernador de Puebla, Miguel Barbosa Huerta, al afirmar que en el año 2018 le habían robado la elección.

Desdeñando todo proceso e institución constitucional, aseguró que había ganado y que un elemento divino (Dios) puso atención sobre su asunto para hacer justicia y castigar a los otros.

El otro ejemplo fue el ministro Eduardo Medina Mora, que a través de un método más que sumario, sin pruebas, procedimientos legales, o respeto al Estado de Derecho, presentó una carta de renuncia que el Senado de la República aprobó por mayoría calificada sin mediar discusión alguna.

Se argumenta por una parte de manera equivocada una supuesta crisis del sistema político.

Por otra, a fallas en la legislación para exigir la representación correcta (de representantes o partidos). Y finalmente, a estrategias electorales de los actuales dirigentes del cascarón político.

Sin embargo, jamás se apela a la autocrítica y a la necesidad de un cambio de fondo, profundo, verdadero y determinante que corrija de certeza y viabilidad para los próximos 40 o 50 años.

Ese cambio debe retirar a los que generaron y vivieron de este modelo por demás obsoleto, para apoyar y dar paso a nuevos personajes y generaciones que representen verdaderamente a los ciudadanos.

Porque lo que hoy se demuestra es que a pesar del cambio radical de régimen y gobernante, las viejas y caducas prácticas no se han modificado, sino todo lo contrario.

 

 

 

POR MARTHA GUTIÉRREZ

ANALISTA EN COMUNICACIÓN POLÍTICA

@MARTHAGTZ

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