La condena de Lula

La imagen de Lula se resiente fuera y dentro de Brasil. Salvo el núcleo duro de sus seguidores que sigue creyendo en su inocencia hay cada vez más ciudadanos que lo relacionan con el dinero negro


 

 

 

Por Carlos Malamud


El juez Sergio Moro, azote de políticos brasileños, no titubeó cuando firmó la sentencia de nueve años y medio de cárcel contra Luiz Inácio Lula da Silva por lavado de dinero y corrupción pasiva. Más allá del afán protagónico de un magistrado convertido en personaje público (como muchos otros de sus colegas), la condena contra Lula es un golpe a su imagen, independientemente de que encabece o no a su partido en 2018, pero también contra toda la clase política.

Esto explica la reacción airada del ex presidente: Sólo el pueblo tiene el poder de decretar mi fin. En mayo pasado, al ser interrogado por Moro, dijo ser víctima de la más grande caza jurídica que sufrió un político brasileño. Repitiendo este mantra, Lula intenta situarse por encima de la justicia y contraponer la legitimidad del respaldo popular a la labor de los jueces.

Su mala imagen ya era evidente antes de la condena, por eso habrá que ver cómo evoluciona la opinión pública ante un hecho tan grave. Y si bien encabeza todas las encuestas, su índice de rechazo que ronda el 50% puede comprometer su victoria. Lo preocupante, pensando en la regeneración de la democracia brasileña, es que el principal partido de la izquierda no haya renovado su liderazgo después de 13 años en el poder y siga recurriendo a las viejas glorias.

La imagen de Lula se resiente fuera y dentro de Brasil. Salvo el núcleo duro de sus seguidores que sigue creyendo en su inocencia hay cada vez más ciudadanos que lo relacionan con el dinero negro. Durante su primer mandato estalló el caso del mensalão, del que salió indemne, pero desde entonces su figura se ha vinculado a la corrupción.

Sus partidarios insisten en su innegable impulso a la policía federal y las instituciones judiciales que hoy dirigen la lucha contra políticos y empresarios corruptos. Un extremo que irónicamente recoge Moro en su sentencia al reconocer los esfuerzos de Lula para fortalecer los sistemas de prevención y represión del lavado de dinero. Pero en su apoyo a los campeones nacionales empresariales Lula acompañó a Marcelo Odebrecht por América Latina y lo introdujo en muchas cortes presidenciales como la de Maduro, Correa o el ahora encarcelado Humala.

El futuro político de Lula depende de que un tribunal de segunda instancia no conforme la sentencia de Moro antes de las elecciones. En ese caso podría presentarse y ganarlas si cuenta con suficiente apoyo popular. Sin embargo, el principal desafío de Brasil es su gobernabilidad actual y futura.

Pese a que el presidente Temer sorteó un serio obstáculo en el Parlamento, siguen pendientes varias acusaciones de corrupción en su contra. ¿Completará su mandato o será relevado por el presidente de la Cámara de Diputados Rodrigo Maia? Pero más importante aún, en el caso de que Lula sea elegido ¿qué garantías dará a la población y qué coalición podrá armar para conservar su triunfo y la mayoría parlamentaria? En vez de vociferar contra la justicia, Lula y su partido deberían buscar un dirigente joven capaz de rearmar políticamente al PT y sentar las bases de la regeneración democrática brasileña.

 

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