La colmena humana

Capadocia resguarda bajo la roca de sus complejos túneles interconectados cuevas y agujas la historia de toda ​la humanidad​

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

Son las 5 de la madrugada y todavía estamos modorros y con frío. Más por cortesía que por antojo, damos sorbos al vino de tetrapack que nos sirven en una copa de plástico mientras esperamos, cerca de las llamaradas que inflan los globos aerostáticos, para despedirnos de Turquía desde las alturas. 

Nuestro tour está compuesto por una gran familia china que aplaude a la menor provocación, una brasileña de risa nerviosa y dos tímidas chicas de la India que parecen abrumadas. Como siempre, estamos seguros de que somos los únicos normales, aunque los demás no opinen lo mismo. Los globos están listos y nuestro guía abre la puertita invitándonos a subir. Los chinos aplauden, la brasileña ríe. 

Nos apretujamos todos en la canastita y comenzamos a intercambiar las primeras palabras: sorry, excuse me. Es así que, incómodos arrimados unos contra otros, reconocemos la existencia de los demás.

Nos despegamos del suelo tan pronto como los primeros rayos del sol empiezan a pintar las rocas multicolor de Capadocia. Vemos con nostalgia las chimeneas de hadas, formaciones rocosas que parecen honguitos. Vemos el filoso valle de Göreme que un día antes recorrimos a pie bajo la lluvia.

Desde esta nueva perspectiva, Capadocia parece una colmena de termitas con mínimas entradas a complejos túneles excavados por incontables generaciones de testarudos bichos. Esta colmena humana lleva tallándose desde que existe la historia, desde que hay miedo y desconfianza en los demás. Hace más de ocho mil años, sus primeros habitantes se refugiaron aquí para evitar ser devorados por bestias que hoy están extintas. Milenios después, los Hititas comenzaron a tallar cámaras subterráneas para resistir los ataques de griegos y persas. 

Les siguieron los primeros cristianos, quienes tras la persecución escondieron iglesias y monasterios bizantinos completos que rascaron bajo la roca. Cuando se abrió la ruta de la seda, los túneles se transformaron en elaborados caravanserais. Actualmente la colmena cuenta con nueve pisos de túneles y aún hoy los turistas se refugian en sus cuevas neolíticas. 

Tras una hora de sobrevolar Capadocia, hasta las tímidas chicas de India sueltan risitas con la brasileña. Bajamos de la canastilla y nos unimos al aplauso chino, volvemos a aplaudir cuando el guía nos entrega unos recuerditos y nos tomamos una foto juntos. Aún es temprano, pero nos echamos otra copa de vino, esta vez chocamos nuestras copas de plástico. Dejamos de ser los únicos normales. 

Caminamos tranquilos al hotel. Nos unimos al resto de las termitas anónimas y dejamos de sentir la necesidad de refugiarnos.

Por Ruy Feben y Carlota Rangel

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