La Catedral

Wimbledon es el tenis. Ambos están inexorablemente asociados, desde que en 1877 el campeonato se instaló en la aún pequeña comunidad londinense

Columna De Leyenda / Gustavo Meouchi / El Heraldo de México
Columna De Leyenda / Gustavo Meouchi / El Heraldo de México

Es el más antiguo de los cuatro campeonatos de Grand Slam que se disputan actualmente, lo que le permite darse ciertos lujos, como requerir que sus participantes (hombres y mujeres) vistan absolutamente de blanco, y no seguir fielmente la clasificación de la ATP para determinar su ranking de participación. También se ha resistido a modernizar la superficie de sus pistas que continúan siendo de pasto, privilegio que comparte con el Roland Garros y sus courts de arcilla roja.

Este 2019 ha sido un año importante para el deporte blanco, y por ende para este torneo. En la rama varonil comenzó recibiendo a un Rafael Nadal crecidísimo, tras su victoria en París, a un Novak Djokovic cauteloso que, pese a brillar más en superficies duras, no estaba dispuesto a renunciar al prestigio de la catedral, y también a su rey, el suizo Federer que en ese rinconcito inglés es tan británico como cualquiera y se ganó la nacionalidad a raquetazos.

En el tenis se acentúa la premisa de que nada está dicho. Tras la descalificación del español en las semifinales, los bonos de Federer subieron. Jugaba prácticamente de local y ofreció un partido extraordinario junto a Djokovic, a quien, entre muchas cosas, debe reconocérsele que se sobrepuso a su calidad de visitante.

La final escaló a la más larga de la historia en Wimbledon, desplazando al segundo puesto aquel mítico partido protagonizado también por Roger, en 2008. Que interesante que haya estado en ambos y que los perdiera al final. Eso también es el tenis: tiene sus filias y sus fobias, pero al final se rinde al resultado, como Wimbledon ante el serbio. Aunque admitamos que más allá de los números fríos, lo del suizo difícilmente se podría considerar una derrota.

Otro tema importante son los logros femeniles. Años hace que la no tan velada acusación de racismo sobre el tenis se purifica por esa rama y hace un par de semanas apenas nos conmovieron las lágrimas de la quinceañera Cori Gauff, quien venció a Venus Williams, seis veces reina del campeonato y que a sus 39 años es la tenista (de cualquier sexo) que más majors ha disputado.

Esa misma semana su hermana menor, Serena, cayó en la final contra la 10 años menor Simona Halep; sus declaraciones y las de Gauff engrandecen la disciplina y el deporte al reconocer el valor de su oponente en su propio desarrollo y en el logro. Sus hazañas cobran sentido ante la grandeza del rival.

Eso es bonito en el tenis, el encuentro entre oponentes, generaciones, sexos, formaciones y nacionalidades, unidas e igualadas por la pasión y la habilidad. Recordemos que en los abiertos compiten profesionales y amateurs, y que es de las pocas disciplinas que permite competir profesionalmente a parejas conformadas por ambos sexos, una rareza aún en un mundo que debe replantearse a toda prisa cualquier definición de género y sexo.

Larga vida al tenis y a su catedral.

POR GUSTAVO MEOUCHI

GUSTAVO MEOUCHI

@GMOSHY67

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