La caja china

El té es la segunda bebida que más se consume en el mundo, y la primera, cuando se trata de hacer del acto de beber, algo que nos hace humanos

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

A caso una de las piezas más hermosas del mundo está en el Museo del Té de Hong Kong. ¿Cuál es? La que se mire: las cúbicas vitrinas de la Casa Flagstaff (una caja colonial nadando en el centro del Hong Kong Park) están repletas de teteras de cuidadosa cerámica, cuencos, cajitas de laca imperial. Son un homenaje a lo que sucede al arrojar hojas secas al agua caliente. Rebotando entre charolas y hervideros de mesa elaboradísimos y a la vez simples, entre brochitas de bambú y polvos japoneses, el museo rinde pleitesía a lo único realmente humano: el ritual (o sea: la búsqueda de chichis en las hormigas).

Esto seguro lo dijeron los chinos antes: el té es la reducción de lo que somos como especie.​ Para muestra, una pared del museo: Costumbres de los grupos del Asia Central, dice; en la imagen aparece una yurta sobre la estepa. En un lugar muy similar a ese, en Kirguistán, conocimos precisamente esas costumbres: en la primera madrugada, y ya cuando la tarde cae, hombres y mujeres entran a la yurta agachados. El más viejo ofrece té al resto; lo sirven concentrado, desde un samovar monstruoso (herencia del dominio soviético) que tiene bajo la boquilla una red que cacha los últimos vestigios de hoja; luego lo beben con ruidosos sorbos, como para recordarse que, aunque nómadas casi mimetizados con sus caballos, siempre les quedará a donde volver. 

El café, del que somos más feligreses de este lado del planeta, no surte ese efecto: el aroma, el cuerpo, los pretextos para ligar cuyo vórtice es el café, no se comparan con la súbita sensación de hogar que llega con ese ¡ping! que pega en la parte trasera del paladar con cierto tipo de té.​

Ninguno logra ese golpecito certero como el de Turquía. Ahí no hay samovares ni ancianos sirviéndolo. 

El té en Estambul, pero también en Esmirna y en Göreme, es como una danza entre toda la población turca: alguien se levanta por la mañana y se sirve, en uno de esos vasitos transparentes (pequeñitos, que se cogen con la mano como cuenco), la primera ronda; saluda al vecino y le sirve un té similar: más bien se lo avienta casi, con un movimiento que nadie que no sea turco es capaz de lograr, sobre un platito cóncavo que sirve de platillo volador, que aterriza siempre donde debe. El vecino servirá más tarde té a alguien más, de manera similar, y ese alguien más a alguien más, y así hasta que caiga de su órbita el planeta: en Turquía, el té es como el bostezo, contagiosa pandemia de la que nadie siente miedo.​

Imposible conseguir el té turco en México: lo que aquí tenemos es un suspiro. En otros lados hay por el té guerras, repentinos encuentros de la humanidad entera, museos: piezas que son acaso las más bellas del mundo, cuyo único pretexto es una hoja seca, soltándose (como todos nosotros) a nadar en medio de una temperatura incomprensible.

Por RUY FEBEN Y CARLOTA RANGEL

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