Las Naciones-Estado rechazan los regionalismos

El problema es en qué medida un país puede considerarse democrático y civilizado y lidiar al mismo tiempo con separatismos


En un país como México es inevitable que haya simpatías por los separatistas catalanes, como las ha habido en su momento por los vascos. Pero también un enorme afecto por la idea de una España única -aunque nunca lo fue, gracias a su diversidad.

El globalismo trajo como consecuencia la recreación de regionalismos. Algunos latentes, otros, existentes, pero disminuidos. La idea de que una región puede existir sin pertenecer a una nación-Estado tomó fuerza y el resurgimiento de viejos anhelos ha sido una norma en Europa, como señalan los referendos escoceses o las ambiciones de la liga del norte de Italia.

Pero ninguna nación-Estado, casi sin excepción, tolera el separatismo cuando se convierte en una posible realidad -la única excepción a la regla, hasta donde recuerdo, es Checoslovaquia, un país centroeuropeo creado en 1917 y que en 1992 se dividió en Eslovaquia y la República Checa- en una forma que al menos desde fuera resultó ejemplar.

El contraste fueron las guerras de los Balcanes, cuando la Yugoslavia soñada por más de 200 años, hecha reino al final de la Primera Guerra Mundial gracias a la disolución del imperio Austro-Húngaro y luego recreada por Josip Broz Tito al final de la Segunda Guerra Mundial, se disolvió en una marejada nacionalista que dio origen a cinco o seis países.

El semisimbólico voto kurdo de hace diez días y sus señalamientos por la creación de un estado que agrupe esa minoría étnica pudo irritar en  Irán e Irak, pero erizó los cabellos del régimen de Reccep Tayip Erdogan en Turquía .

Cierto que los turcos nunca han visto con simpatía la posibilidad de un estado kurdo independiente, que consideran como una división inaceptable y en particular como un atentado contra la noción de la Gran Turquía que acaricia Erdogan.

Otros estados separatistas o potencialmente divididos en el mundo, sin tratados de forma igualmente dura, como mostró la reciente crisis de los rohingya, en Birmania.

Los problemas entre India y Paquistán, naciones creadas de manera más o menos artificial por los británicos al final de su dominio colonial en el subcontinente indio, persisten más de 60 años después.

Y todo esto sin señalar el juego geopolítico en esteroides surgidos en lo que fue la Unión Soviética tras su disolución y guerras en las regiones eurasiáticas  como Crimea.

El problema en todo caso es en qué medida un país puede considerarse democrático y civilizado y lidiar al mismo tiempo con separatismos. La pregunta es mucho más complicada que su planteamiento y no hay respuestas definitivas. Los catalanes, por ejemplo, son un país en sí mismos, con una cultura y un idioma propios, pero también una parte importante de España en términos geográficos, históricos, económicos y sociales. No hay respuesta fácil.

Pero visto desde lejos, si la mayoría de los catalanes quiere irse el resto de España debiera aceptarlo. Puede ser anti-histórico, pero no hacerlo plantea el riesgo de un conflicto más prolongado, más amargo, y tal vez violento.

 

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