Joker: cine costumbrista en México

Esa película la vemos a diario en el país, en la mayoría de los estados; ejemplos hay muchos

Hugo Corzo / Cruz y grama / Heraldo de México
Hugo Corzo / Cruz y grama / Heraldo de México

No hay quien, al menos en las sobremesas de esta semana, no comente la película de Todd Phillips, Joker, y la aderece con una menú de análisis que van de lo estético y narrativo hasta lo pseudosociológico.

Lo subrayable, sin embargo, es que asombre tanto un relato de ficción que, en el contexto nacional, desgraciadamente es un cuadro costumbrista.

En otras palabras: esa película, en México, en la mayoría de los estados que lo integran, ya la hemos visto. La vemos a diario. Alerta de spoiler, a partir de este punto, para quien no haya visto aún la obra de Phillips.

La conmovedora historia de Arthur Fleck, el Joker y quien poco tiene que ver con quien terminará siendo el verdadero enemigo de Batman, no puede sino llamarnos a la compasión: aunque no inocente, queda demostrado –en un impecable relato icónico-artístico– que es absolutamente víctima de todo.

De la intolerancia, de la violencia intrafamiliar, del bullying, de la indiferencia gubernamental para sostener recursos para el sector de salud pública. Insisto: esta película ya le hemos visto. Ejemplos, de nuevo, desafortunadamente, hay muchos.

En la película, el tristísimo Fleck –paradójicamente apodado Feliz por su madre adoptiva– presencia una escena de acoso a una mujer en un tren del Metro de la ficticia Ciudad Gótica, o la brutalmente real Nueva York. Involuntariamente, se ve envuelto en la defensa de la mujer y termina dando muerte a los tres individuos que la violentaban.

En México, la escena se repite cotidianamente: hasta septiembre, de acuerdo con datos reportados por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, se recibieron 4 mil 960 llamadas denunciando incidentes de acoso u hostigamiento hacia mujeres. E igual que en el filme, las escenas pasan por debajo del radar de las instancias encargadas de prevenir el maltrato.

En otro momento, Fleck da muerte en vivo a un sarcástico periodista, presentador de un programa de revista en TV (encarnado por Robert De Niro). Aquí, en el contexto nacional, tampoco es rara la situación. Según Artículo 19, en lo que va de este año suman 10 los periodistas asesinados; y desde el año 2000, ya alcanza 131 el número de asesinatos.

Pero la parte más podrida (me encanta el sentido neologista que los millennials dan a este adjetivo) del relato, sin duda, lo sentimos cuando Arthur Fleck, en busca de la historia del niño que realmente fue, haya su expediente clínico oficial: abuso físico, maltrato, violencia psicológica, moretones, una cadena atándolo a un radiador, un traumatismo severo en la cabeza, el cual le dejó la lesión que lo hace reír de angustia y ansiedad.

Eso no pasaría en una sociedad moderna, establecida y ordenada. ¿Cierto?

Mayo de 2012. Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México. Una mujer le saca los ojos a su hijo por negarse el niño, Fernandito, a cerrarlos. Con sólo 5 años de edad, no quiso dejar de ver que hacían siete personas en su casa, mientras anunciaban la llegada de Dios y el fin del mundo. Y lo dejaron sin ver para siempre.

Junio de 2014. Atizapán de Zaragoza, Estado de México. Un alumno de la secundaria 547 Gustavo Baz, en pleno Operativo Mochila, coló un arma de fuego a la escuela y disparó a la cabeza de un compañero, matándolo.

Junio de 2016. Tlalpan, (entonces) Distrito Federal. Al pequeño Gabriel lo amarraban a la cama, por portarse mal, y ahí lo dejaban buena parte del día, malcomido, sin posibilidad de ir al baño. La razón: el padrastro consideraba que no cumplía sus expectativas. La Policía capitalina lo liberó.

Enero de 2019. Camargo, Chihuahua. Dos niños de preescolar sometieron (¡sometieron!) a uno de sus compañeros para cortarle las pestañas usando tijeras, en la escuela Salvador Martínez Prieto. Fue atado de manos. El abuelo del niño víctima acusó que ya antes lo habían atacado a mordidas los compañeros.

Febrero de 2019. Nicolás Romero, Estado de México. Un preadolescente de 13 años llevó a su escuela, Juana de Asbaje, un arma de fuego. El parte oficial dictaminó que, accidentalmente (¿accidentalmente se lleva un arma al salón de clases?) la disparó y mató a un compañero.

La única pregunta debería ser: ¿cuántos Jokers tenemos en potencia? Cuántos de ellos, llegarán a serlo, casi sin poder evitarlo, por el desprecio, indiferencia e indolencia que nos generan. La película debería ser vista como una crónica costumbrista del México moderno, no sólo como una ficción verosímil.

POR HUGO CORZO

[email protected]

@HUGO_CORZO

eadp

¿Te gustó este contenido?