Javier Valdes… lo que significa su muerte

Los más de cien asesinatos de periodistas son el recordatorio de lo que pasa en una nación donde el índice de impunidad supera el 90 por ciento

Netlog

El sabado se cumplieron dos meses del asesinato de Javier Valdes en Culiacán y la situación de su investigación, de incertidumbre, sigue sin cambio.

Y eso, y una conmemoración del periodista sinaloense realizada el sábado, se convirtieron en una expresión de condena internacional de la aparente inactividad, indiferencia e ineficiencia de las autoridades mexicanas frente a la violencia del crimen organizado.

Convocada por el Comité de Protección a Periodistas (CPJ) de Nueva York, la reunión no pareció muy diferente de las que se han hecho ya para denunciar la cada vez peor situación de inseguridad, de protestas por el ambiente de ilegalidad que representan decenas de miles de muertos y mas de 30 mil desaparecidos -posiblemente muertos también-.

Pero al mismo tiempo fue suficientemente distinta. Por su momento, por su convocatoria, por su asistencia.

Ahí se pudieron ver y escuchar las razones de la cada vez peor imagen del gobierno mexicano en el exterior. No tanto porque gobiernos o corresponsales internacionales tengan planes nefarios para colocar al estado y el cuerpo polìtico mexicanos en la picota; no porque sea algún tipo de conspiración internacional para debilitarlo ni como resultado de un complot de enemigos internos.

No. Fue simplemente una reunión a la que asistieron la familia y amigos, reales y presuntos, del periodista y escritor asesinado a plena luz del día el 15 de mayo ultimo en Culiacán, así como muchos simplemente preocupados por una situación que parece no tener fin.

Y no hubo mas acuerdo que la expresión de dolor por un marido, un amigo o un colega muerto que simboliza la actual situación del país.

Estuvieron juntos quienes demandan simplemente protección al ejercicio del periodismo y castigo a los asesinos de periodistas y quienes creen que eso es imposible en tanto que la sociedad esté insegura. Hubo quienes vinieron de Europa o de Estados Unidos. Hubo quienes llegaron desde Culiacán. Todos convocados por el recuerdo de Valdés y unidos en la queja.

La realidad es que los más de cien asesinatos de periodistas son el simple, terrible, brutal recordatorio de lo que pasa en una nación donde el índice de impunidad supera el 90 por ciento y la vida no vale nada porque las autoridades -federales, estatales o municipales- no parecen darle valor alguno a la vida de la ciudadanía que dicen servir.

Asesinamos a nuestro futuro, dijo Valdes según recuerdo de uno de los oradores. Y dos meses después de su muerte no parece haber resolución, como no la hay para los casos de miles de muertos y desaparecidos registrados en Sinaloa, y el país, en los últimos años.

Y mientras tanto, el cuerpo político del país acaba de superar -sin resolver como es lo normal- un escándalo por espionaje telefónico no de los criminales con que se justificó la compra de programas y equipo para interferir en comunicaciones, sino de opositores o críticos.

En todo caso la pura enumeración de hechos, los recuentos de impunidad, corrupción e incapacidad conforman una condena feroz a la acción, o mejor dicho inacción gubernamental.

Y así no habrá campaña de imagen que sirva, dentro o fuera del país.

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