“Irán”, el mantra

“Irán” se repite en los discursos del rey Salman, del primer ministro Netanyahu y de “Trump de Arabia”: resguardar la paz y prometer la guerra


Dos noticias han acaparado la atención mediática sobre Oriente Medio los últimos días: las elecciones presidenciales en Irán y la visita del presidente estadounidense Donald Trump a Arabia Saudita e Israel. Ambas se relacionan con dos ejes de crisis interdependientes en el Oriente Medio contemporáneo: el conflicto palestino-israelí y el Golfo Pérsico. También confirman una evolución en la política exterior norteamericana, perfilada desde los años 80 hasta el término del primer gobierno de Barack Obama, con algunos matices en el decenio de los 90 hasta 2002: hacer de Irán el principal responsable de los males de la región, en particular del terrorismo.

Los iraníes no terminaban aún de celebrar en las calles la victoria del ala política reformista en las elecciones presidenciales del 19 de mayo, cuando se enteraron de que Donald Trump dedicó a Irán las expresiones más duras en su discurso en Riad ante los líderes de más de cincuenta países musulmanes. Además del tono hipócrita y condescendiente del discurso sobre el islam, fue notable el lente maniqueo con la que el presidente y su equipo interpretan la región.

Esa visión cómoda no reconoce, por ejemplo, que desde hace varios años la comunidad suní en estos países tiene una fuerte crisis de representatividad: durante décadas Egipto, Siria e Irak compitieron por la promoción de una agenda regional panárabe con tintes “islamo-nacionalistas”. Sin embargo, Siria e Iraq dejaron de existir como Estados fuertes, y Egipto no logra recuperar credibilidad. Así, los dos actores estatales que han encabezado la lucha por el liderazgo regional claramente desde 2003 son Irán y Arabia Saudita. Pero Irán no es un país árabe, mientras que Arabia Saudí tiene la gran restricción de ser un Estado que existe por el pacto original entre una tribu, la de los Saud, y una esfera religiosa que defiende y propaga un puritanismo exacerbado. Asimismo, si la crisis de la relación entre política, religión y sociedad en el mundo de mayoría musulmana ha sido brutal es porque ocurrió en poco tiempo y se mezcla de manera explosiva con la conflictividad provocada por los juegos de poder locales, las guerras e invasiones, la existencia de Estados débiles y fallidos, la persistencia de regímenes con historial espeluznante en materia de derechos humanos, y la ocupación israelí de territorios árabes y palestinos. Los estadounidenses con Trump, no obstante, prefieren ignorar esas causas estructurales. Su presencia en Jerusalén oriental y en el Muro de los Lamentos, así como la fastuosa firma de contratos armamentistas con las monarquías del Golfo, cumplen las funciones de desmarcarse de la política de su predecesor y distraer la atención en casa.

Estas evoluciones regionales –que incluyen la intención cada vez más concreta (y sin precedentes) de los países del Golfo de normalizar relaciones con Tel Aviv sin que haya un retiro previo de los territorios que ocupa desde 1967– parecen reconfortar a Israel, que conoce de sobra los esfuerzos de Teherán desde 2001 de articular el “ejechií” con el frente –esencialmente suní y panárabe– del rechazo a Israel o al sionismo.

Aunque para muchos observadores la visita de Trump no permitió a los israelíes dilucidar del todo la estrategia que tendrá Washington en el conflicto con los palestinos, las convicciones de sus consejeros y representantes diplomáticos tienden más bien a tonificar el ímpetu expansionista de la derecha y extrema derecha en Israel.

“Irán” (no el Estado Islámico) se repite en los discursos del rey Salman, del primer ministro Netanyahu y de “Trump de Arabia”. Justifica agendas, confirma alianzas y sugiere una especie de tranquilidad de espíritu endeble, pues a la vez que insiste en resguardar la paz, no cesa de prometer la guerra.

 

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