Inequality

Los lamentos acerca de la desigualdad son una simulación electorera, porque se basan en la idea que se trata de dinero, lo cual no es cierto

Inequality

Para que una sociedad acepte sacrificarse por sus semejantes se tienen que cumplir tres condiciones: 1) empatía, 2) la fe en que, en una emergencia, otros se sacrificarían por ti, 3) creencia de que el subsidio realmente resuelve el problema. Es la razón por la cual sociedades como las escandinavas logran redes sociales sólidas: la población es étnica y racialmente similar, y suficientemente pequeña para que los resultados de las políticas sociales sean tangibles para los que pagan las subvenciones.

A pesar de ser un país en muchos sentidos solidario, en México estas condiciones no existen. No nada más por la variedad étnica y racial que hacen que un citadino en Aguascalientes se identifique poco con un afromexicano guerrerense, sino porque hay una masa enorme de personas que llevan muchas generaciones en la pobreza y que viven situaciones que la propagan. El que genera la riqueza para pagar los subsidios siente que no nada más no va a resolver el problema, sino que intentarlo va a acabar empobreciendo a todos.

La realidad es que la desigualdad empieza en casa. No nada más por la obvia razón de que papás con escasos recursos no pueden ofrecerle todas las oportunidades a sus hijos, sino porque una gran cantidad de adultos no tienen la madurez emocional, y el compromiso real, para brindarle a sus hijos hogares que alienten el desarrollo.

Peor, en 36 por ciento de los hogares mexicanos hay violencia intrafamiliar. Padres que abusan con violencia física o emocional a sus hijos no deben tener la patria potestad de un ser humano, pero como reza el dicho, ser padre es el trabajo más difícil de desempeñar y el más fácil de lograr. El gobierno no enfrenta esa realidad porque implica tener que atacar la problemática con un nivel de inteligencia, firmeza y compasión real que nuestra sociedad no ha desarrollado.

El primer requisito para reducir la desigualdad es lograr que un orden básico se extienda sobre todo el territorio nacional, para desterrar la violencia que agudiza de sobremanera la pobreza.

El segundo es desincentivar la irresponsabilidad paternal y trazar un camino, rígido pero empático, para sanar la descomposición familiar. Ahí, las iglesias en México que tantos recursos gastan en agredir a los gays y a las mujeres que interrumpen su embarazo, deberían de tomar la delantera. Sólo entonces, con una ruta trazada y con responsabilidad compartida, se debe pedir todos los recursos para lograr la solución. Sin escatimar y de una vez por todas.

Los lamentos acerca de la desigualdad son una simulación electorera, porque se basan en la idea que se trata de dinero, lo cual no es cierto: si repartieran todos los recursos del país equitativamente, en menos de 24 horas habría nuevamente, ricos y pobres. Tiene que ver con educación y, aún más, con incentivos. Ignorar esto nos llevará a perpetuar el sufrimiento.

 

Por Agustín Barrios Gómez

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