Incertidumbre profunda

Las formas autocráticas de liderazgo (desde Trump hasta Bolsonaro, pasando por Maduro y Erdogan) explican todo a partir de una ideología simplificante

Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México
Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México

Acierta Macario Schettino cuando argumenta que la dimensión dominante de la política actual no es la de la izquierda frente a la derecha (el tamaño del Estado frente al mercado), sino la de la certidumbre frente a la incertidumbre. Es decir, las formas autocráticas de liderazgo (desde Trump hasta Bolsonaro, pasando por Maduro y Erdogan) explican todo a partir de una ideología simplificante, personificada por ellos mismos, y desde ahí se oponen a liderazgos más democráticos y pluralistas, para quienes la política pública es un espacio de oportunidad creativa y compartida, que requiere de un uso concienzudo del conocimiento científico.

La tecnocracia puede, en efecto, acabar de ambos lados de la ecuación. Desde el polo autocrático, para ofrecer recetas lineales, parciales, adjetivas y controladoras incluso para atender los dilemas más complicados de la realidad. Estas soluciones pueden confiar más en los mercados o en el Estado, o en una transformación moral o de la cultura, pero en todo caso los distingue su desprecio por las personas, su libertad, y su capacidad de decidir. Para ellas, hay una forma correcta de hacer las cosas, definida en función del pensamiento del líder, mismo que lleva a un resultado previsible y preferido, y una vez que se traza la ruta, lo que se necesita es que la gente se sume con fervor, o al menos se adapte con resignación, y siga fielmente el camino del bien.

Y este ha sido un dilema permanente de quienes, desde el pluralismo y la democracia, buscamos respuestas fundamentadas en la técnica y basadas en la evidencia. Si bien indispensable, no es sencillo convocar al entusiasmo popular desde una posición reflexiva y cautelosa, respetuosa del otro y su derecho a disentir.

Ello a pesar de que los propios avances del conocimiento nos hacen reconocer que los más elementales retos de la humanidad exigen de un abordaje sistémico e integral. Sabemos que las definiciones verticales y las explicaciones lineales no solamente son impúdicas por autoritarias, sino que habrán de fracasar y seguramente causar un daño peor. Reconocemos el engaño que representan desde el punto de vista político, pero batallamos para diseñar alternativas basadas en la incertidumbre, la colaboración y la flexibilidad, precisamente porque sabemos que entre la población hay una demanda por certezas, hay un temor al dolor sin límite que se avizora en el futuro, hay un hartazgo con la ineficacia y la deliberación.

No nos rindamos. El momento de México, el de la civilización contemporánea, es el del reconocimiento de esta incertidumbre profunda que viven segmentos amplios de la población (ante el futuro, ante la inseguridad, ante la corrupción y la incompetencia), y de la enorme complejidad que caracteriza a cada uno de los problemas que la subyace. Y no es que no existan métodos altamente sofisticados para atenderlos. Es que requieren de una narrativa política para darles viabilidad, para permitirnos abrazar la ambigüedad de las opciones existentes y para dar espacio a la creatividad, el talento, la innovación y el emprendimiento como elementos esenciales de una transformación plenamente humanista. A ello hay que abocarnos mientras pasa la tormenta; con suerte se hará breve, acotaremos el daño, y saldremos mejor preparados de ella.

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