Imagen del tablero actual en Siria

Este 4 de mayo se firmó otro acuerdo más, el de Astana (Kazajstán), con la participación de Rusia e Irán, y Turquía, quien apoya a la insurgencia

Antes de la guerra, Siria contaba con cerca de 23 millones de habitantes. Desde que inició el conflicto, seis millones se volvieron refugiados, y 320 mil de todas edades han muerto. Se ha llegado a numerosos acuerdos y realizado arduas negociaciones para detener la tragedia.

Por: Marta Tawil*

El año pasado, el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y su homólogo ruso, Serguei Lavrov acordaron un cese al fuego; éste entró en vigor el 12 de septiembre y duró sólo una semana. Fue un intento más para encontrar una salida al conflicto en Siria, de una lista de diversos acuerdos dispares y oblicuos, sin consecuencia práctica eficaz.

Este 4 de mayo se firmó otro acuerdo más, el de Astana (Kazajstán), con la participación de Rusia e Irán, aliados del régimen sirio de Bashar al-Assad, y Turquía, quien apoya a la insurgencia. El documento, que entró en vigor el 6 de mayo, prevé la creación de cuatro zonas de desescalada, las cuales operan junto con zonas de seguridad con puestos de control y centros de vigilancia, integrados conjuntamente por militares de los tres países garantes.

En ellas, las fuerzas gubernamentales y los grupos armados de la oposición deberán abandonar el uso de todo tipo de armamento, así como la aviación; también deberá facilitarse la canalización de asistencia humanitaria, la reconstrucción de infraestructura hídrica y eléctrica, y el regreso voluntario de refugiados y desplazados.

La población en esas zonas alcanza los 2.5 millones de habitantes. Se trata de espacios controlados por la rebelión desvinculada del Estado Islámico, aunque en su seno se hallan numerosos grupos del yihadismo radical. Estas ubicaciones no aplican a las áreas que se encuentran bajo el control total del régimen (Damasco, Tartús y Sueida); tampoco incluyen el este y noreste del país, donde están los miembros de Daesh y la coalición kurdo-árabe que los combate con el apoyo de Washington.

Muchos puntos quedan irresueltos; uno de ellos es cómo distinguir a los grupos armados de la oposición de los grupos terroristas (estos últimos son, según el documento, Daesh, el Frente al-Nosra -antiguo nombre que designaba al actual Fateh al-Cham, el cual dice haber roto con Al-Qaeda- y todos los grupos, entidades e individuos afiliados).

Lo que es un hecho es que el acuerdo tripartita de Astana del 3 de mayo confirma la regionalización de la guerra en Siria y las consecuencias de la política exterior ambivalente que ha tenido Estados Unidos hacia el conflicto -y que no se ha revertido a pesar del relevo en la Casa Blanca-. Su ausencia en la parte noroccidental de Siria, donde Moscú tiene el control, es patente.

Asimismo, el despliegue de las fuerzas especiales estadounidenses a lo largo de la frontera turco-siria para disuadir a Turquía de llevar a cabo ataques contra las milicias kurdas sirias agudizan la desconfianza de Ankara. Ésta se ha acercado a Moscú y Teherán para establecer una cooperación entre potencias regionales. Si bien la propuesta de Turquía sobre el régimen de Asad es totalmente opuesta a la de Rusia e Irán, comparte con ambos el interés de limitar lo más posible la injerencia de potencias occidentales.

Acercarse a Rusia e Irán, además, permite a Turquía (con cerca de tres millones de refugiados sirios en su territorio) devolver dinamismo a su economía y garantizar el suministro de energía. Rusia, por su parte, que intervino militarmente el teatro de guerra en septiembre de 2015, comparte con Irán (que interviene desde 2013 con apoyo de milicias chiíes libanesas, iraquíes y afganas) el objetivo de mantener a Asad en el poder y ayudarle a conservar el control de la parte occidental de Siria.

A la larga, es indudable que quienes aspiran a tener la última palabra en este país desolado sólo celebrarán una victoria pírrica, y que la onda expansiva del desastre afectará por decenios la agenda de seguridad global.

*Investigadora Colmex

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