No amo a mi patria

Arrostramos un momento crítico que nos enfrenta con nuestra condición de mexicanos, y debería hacernos repensar en lo que esto debería significar y exigir.

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No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. (…) Así arranca Alta traición, pieza de José Emilio Pacheco que desafiaba a la generación de la postrevolución, la cual ensalzaba el nacionalismo por sobre todas las cosas; un proyecto introyectado a través no sólo del ejercicio de la política social y la economía, sino con gran entusiasmo por el arte (el muralismo, Moncayo y su huapango, entre varios). Hoy, tanto por el Mes Patrio como por las recientes catástrofes, vale actualizar al poeta y desmenuzar el sentido de su provocación.

Arrostramos un momento crítico que nos enfrenta con nuestra condición de mexicanos, y debería hacernos repensar en lo que esto debería significar y exigir. Quienes piensen ir este viernes a alguna plaza pública a gritar ¡Viva México!, ¿por qué no, a ese derecho de ser mexicanos, le agregan la obligación de 365 días de civismo?

Cuesta trabajo pensar que aman a México la personas que cada año hacen pozole y tostadas, pero detrás del volante que se quedan a medio paso en el cruce de semáforos de Insurgentes y Viaducto, aunque sabían que se iban a quedar estorbando.

Cuesta creer en aquellos que dicen amar a la Patria porque en momentos como éste, al que nos toca reaccionar, sacamos la solidaridad, pero nos quedamos en una doble fila de 700 metros de largo, dejando sólo un carril libre a la torpe circulación entre Amores y Tlacoquemécatl, en la Del Valle, esperando la salida del colegio.

Cuesta creerles que somos bien unidos a quienes sostienen una bandera y tiran de un badajo, cuando antes dejaron un bache sin tapar, un socavón sin atender o a un compañero de partido fugarse con miles de millones de pesos.

Desde el comportamiento anticívico más micro hasta la corrupción más grosera, no creo en esa Patria.

¿Qué tal que antes de ir por un bigotes postizos para celebrar nuestra (¿)Independencia(?) no hacemos esa doble fila hoy; qué tal que antes de gritar (o incluso, en vez de hacerlo cada año) ¡Viva Hidalgo!, circulamos a vuelta de rueda y a 3 metros cuando veamos a un ciclista, o no le aventamos la bici a un peatón? ¿Qué tal llevar una bolsa de arroz, frijol o lentejas, agua o pañales cada que podamos, no sólo cada que temblamos?

¿Qué tal si en vez de cantar el Himno Nacional hacemos patria (así, discreta y en minúsculas?

Hace unos días, el maestro Francisco Toledo, artista indígena juchiteco, le decía al colega Jorge Ricardo, respecto del paisano suyo que sembró la bandera nacional en los escombros del Ayuntamiento de ese municipio: siempre hay gestos nobles de la gente, pero a mí me importan más los gestos hacia la gente que hacia los símbolos, porque los símbolos se rehacen. Yo creo en eso, porque, como termina la provocación de Pacheco, aunque suene mal, yo también daría la vida/ por diez lugares suyos, / cierta gente, /puertos, bosques de pinos, / fortalezas, /una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos.

Claves XXV: Apareció otra chica muerta. Esta vez la secuestraron en la CDMX. ¿Qué tal durmió, Procurador Edmundo Garrido?

Columna anterior: Maquillaje contable en la UAEM

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