“Hoy por ti, mañana por mi”

La crisis humanitaria que vive Venezuela cataliza la crisis regional de refugiados de mayor envergadura del tablero internacional y se acelera a ritmos vertiginosos

“Hoy por ti, mañana por mi”

La solidaridad latinoamericana no necesita presentación. Nos cuesta construir consensos pero cuando se trata de tender una mano, la región fulgura. Es la hora de la reciprocidad latinoamericana. Así lo demuestran entre otros, Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú, que los últimos tres años no han cesado de recibir al éxodo de venezolanos. La debacle de Venezuela eclipsa la memoria y nos hace olvidar que durante las dictaduras recibió con brazos abiertos a brasileños, argentinos y peruanos. Probablemente ningún ejecutivo de la época de bonanza de PDVSA, pensó que el refrán, hoy por ti, mañana por mí, se aplicaría para ellos mismos y su gente.

La crisis humanitaria que vive Venezuela cataliza la crisis regional de refugiados de mayor envergadura del tablero internacional y se acelera a ritmos vertiginosos. El entramado migratorio de las Américas se complica. A la emigración centroamericana, causada principalmente por los altos índices de inseguridad, se suma la salida forzada de millones de venezolanos, en su mayoría jóvenes: 72% de ellos tienen entre los 20 y 39 años. La exportación venezolana de mayor relevancia y calidad es su gente, que incluye paradójicamente a los profesionistas con grados universitarios facilitados por los regímenes bolivarianos. Al igual que el grupo de apátridas más grande del mundo –los Rohingya— en Myanmar, los venezolanos buscan sobrevivir. Aunque el tránsito represente una amenaza, ninguna situación resulta peor que permanecer en Venezuela. A la escasez de alimentos y medicinas y en general, a la ausencia de una respuesta estatal para cubrir necesidades y garantizar servicios básicos, se suman la censura, la detención sin debido proceso y la cotidiana vulneración de las garantías y los derechos de la ciudadanía.

Como todas las cifras venezolanas, la opacidad de las estadísticas oficiales impide contar con un diagnóstico migratorio preciso. Pero un análisis del perfil del emigrante venezolano y sus destinos son la muestra más clara de la crisis humanitaria, a pesar de que el Presidente Nicolás Maduro siga sin reconocerla y continúe rechazando que Venezuela es un país expulsor de migrantes. Hasta 1992, los venezolanos en el exterior no excedían los 300 mil distribuidos en 20 países de destino. Emigraban las clases altas y medias a Estados Unidos y España. Hoy, salen los pobres que se autodenominan chavistas y según la fuente, sea la Organización Internacional para las Migraciones o el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), se estima que un poco más del 10% de la población venezolana (entre un millón y medio y los cuatro millones) buscan refugio y asilo en 94 países.

Los más afectados son los países que hoy reiteran su solidaridad y reciprocidad. A diferencia del gobierno estadounidense, que sigue con su inútil perorata de construir muros, Colombia -en pleno proceso electoral y luchando por la vigencia del Acuerdo de Paz- no sólo ha recibido a más de medio millón de venezolanos, sino que se ha reunido con el gobierno turco para conocer su experiencia frente al refugio sirio. Boa Vista, la capital de la provincia brasileña de Roraima, con 350 mil habitantes, ha

acogido a un poco más de un 10% de su población, o sea cerca de 40 mil venezolanos; la policía federal brasileña estima que para julio próximo, dicha cifra ascenderá a los 55 mil venezolanos. La muestra más loable es la de los países caribeños, que con escasos recursos y en ausencia de prácticas de control migratorio y atención al refugiado han admitido, según el ACNUR, a más del 16% de su población, como es el caso de Aruba, que con una población de 120 mil habitantes ha recibido a 20 mil venezolanos.

Pero la solidaridad y reciprocidad no bastan. La crisis de refugiados venezolanos es una prueba mayor para las diplomacias del continente Americano porque se trata de un desplazamiento forzado, provocado no por una guerra –como en el caso de los 5.5 millones de refugiados sirios que han producido siete años de conflicto armado—, sino por un desastre socioeconómico causado por un gobierno negligente.

El Grupo de Lima, en el que México ha desplegado un liderazgo impecable ha acordado un corredor humanitario. Iniciativas como ésta, junto con planes de internación, estatus migratorios ad hoc como las visas humanitarias que doten de mayor protección al migrante venezolano, deberán seguir explorándose. Por ello, apremia que la próxima VIII Cumbre de las Américas (Lima, Perú, 13-14 abril) dedique gran parte de su agenda a atender esta urgencia, porque además de asistir a un pueblo en condiciones infrahumanas, se trata de un fenómeno con el potencial para desestabilizar a la región.

El tema de la Cumbre es la gobernabilidad democrática frente a la corrupción, que sin duda es prioritaria. Esta crisis de refugiados es una consecuencia de la ausencia de una buena gobernanza y exige que los líderes y sus equipos no pierdan el tiempo negociando declaraciones sin sentido y tomen nota que una de las formas de excluir a Maduro de esta cita es llamando a la acción para intercambiar mejores prácticas para atender una emergencia humanitaria detonada por su régimen. Sería una cachetada con guante, por demás, blanco.

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