¿Fue primero, Portland o Matt Groening?

La obsesión por las donas y la cerveza de Homero, Bart grafiteando la ciudad, y Lisa adoptando el veganismo… Todo está basado en hechos reales

¿Fue primero, Portland o Matt Groening?

Las referencias nos comenzaron a llover desde que salimos del aeropuerto y revisamos la dirección de nuestro hospedaje: NE Flanders St. Llévenos a la calle Ned Flanders, por favor, dijimos reprimiendo una risita rechinante. Notamos que la broma estaba muy sobada cuando al bajar del taxi vimos en la esquina el letrero de la calle, grafiteado con la d faltante.

Inmediatamente caminamos a Voodoo Doughnuts. Eran las 10 de la noche y aún había fila afuera del changarro que retumbaba con alaridos de Rob Zombie. Al llegar al mostrador nos atendió un estereotipo portlandés: barba larga y crespa, delineador corrido, aretes expansivos y camisa de leñador sutilmente remangada para presumir tatuajes. De no ser por la gorra vintage de Mi Pequeño Pony, la redecilla que cubría su barba y los guantecitos esterilizados, habríamos pensado que se trataba de una reencarnación hipster-post-punk de Rasputín.

Amablemente nos recomendó probar la dona de maple y tocino, la rellena de crema (un clásico local, nos dijo), y por supuesto la de Homero: con frosting de fresa y chispitas de colores. La gente se toma muy en serio el lema de la ciudad, nada discretamente pintado frente a Voodoo Doughnuts: Keep Portland Weird.

A la mañana siguiente caminamos por el vecindario. Las calles eran tan similares a Avenida Siempreviva que nos sentimos como en un set, donde los niños en patineta con gorra para atrás ya no son casualidades, sino parte del inventario, y las casas demasiado gringas, tan comunes, que la palabra demasiado sale sobrando.

Nos detuvimos a comer y bastaron unos cuantos sorbos de cerveza- orgánica- local- vegana- fermentada- artesanalmente- cuya- producción- apoya- comunidades- marginales para olvidarnos de nuestros planes de ir al famoso jardín de rosas de la ciudad. Portland es el paraíso de la permacultura urbana; aquí hasta Lisa Simpson se embriagaría sin sentir culpa de comulgar con la sangre dorada que corre por las venas de la ciudad. ¿Cómo decir que no a la cerveza de la casa que ofrecen los meseros hinchados de orgullo? ¿Cómo saber qué chela pedir sin antes pasar por una degustación de 12 cervezas artesanales? Para cuando llegamos al jardín de las rosas se había hecho tarde, y nos parecíamos a ese señor Burns de pupilas dilatadas, que trae paz y amor.

Es ley cuando se bebe cerveza: a medio regreso nos atacaron unas imperiosas ganas de desbeber. Entramos a un bar que, claro, recordaba a la taberna de Moe. Como el baño era sólo para clientes (y Moe, por supuesto, no iba a callárselo), nos vimos obligados a pedir más cerveza y esperar. Aprovechamos el Wi-Fi de Moe para descubrir lo que a esas alturas ya era muy evidente: Wikipedia nos informó que Matt Groening era de Portland. El mundo entero —con sus cervezas, donas y patinetas— recuperó el sentido.

 

 

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