Fin de una etapa

El Gobierno de México carece de una adecuada brújula programática, e insiste en las ocurrencias que frenan la inversión

Alejandro Poiré
Ha terminado la luna de miel de López Obrador como Presidente de la República.

Ha terminado la luna de miel de López Obrador como Presidente de la República. Como lo muestran las encuestas creíbles, AMLO sigue siendo muy popular, pero su nivel de respaldo es ya similar al que han tenido otros presidentes en el pasado.

En la encuesta de encuestas que compila Oraculus.mx, AMLO registra en junio de 2019 una aprobación de 72%, dato comparable al 68% de Felipe Calderón en el mismo mes de 2007, y sustancialmente menor al 81% que tenía en febrero.

Pero el inicio del declive no sólo se muestra en la popularidad, aún alta, pero más mesurada. Después de un arranque de sexenio notable por su dominio de la agenda pública, en las semanas recientes el Presidente y sus conferencias mañaneras se han dedicado cada vez menos a anunciar sus propias iniciativas, y cada vez más a justificar malos resultados, a responder a alegatos de los medios y opositores, y a tratar de mantener viva la narrativa de la transformación por medio de la polarización, ante un público que se muestra crecientemente suspicaz.

Esto no se debe solamente a que hay que responder a amenazas externas, como lo han sido las bravatas de Trump.

Los temas de esta semana, desde el ataque al colectivo #NoMásDerroches por obligar a que se cumpla la ley en Santa Lucía, hasta la negativa a admitir el desplome del empleo en mayo, muestran a un gobierno claramente a la defensiva. Ello sin contar que después de anunciarle al Presidente salvadoreño apoyos por cerca de 600 millones de pesos, éste le respondió a AMLO criticando a México y sus últimos 200 años de historia.

No es casualidad entonces que se haya dejado de hablar de la hegemonía democrática de Morena, ese concepto que usaban sus partidarios para convencernos de que había una nueva mayoría legislativa y política de largo plazo, y que ahora se discutan más las fisuras al interior del gobierno y del propio partido en el poder. Políticamente, estamos ante un gobierno poderoso, pero más ordinario, más normal.

Y esta pérdida relativa de control político se siente también en otros ámbitos de su actuación. En el reciente periodo extraordinario de sesiones, AMLO volvió a ser derrotado por el Senado en su cuarto intento por nombrar a Edmundo Sánchez Aguilar, ahora para un cargo en el Fondo Mexicano del Petróleo; también le fue imposible a Morena aprobar la ley de extinción de dominio y la de austeridad republicana, y el asunto de revocación del mandato, casi una obsesión del mandatario, ni siquiera quedó agendado para el cierre del extraordinario el primero de julio.

Buena parte de esta pérdida de control es autoinfligida. El gobierno carece de una adecuada brújula programática, e insiste en las ocurrencias que frenan la inversión (pregunte si no por el metrobús en La Laguna). Tiene, por lo mismo, forma de reponerse. Pero el tiempo se agota: la señal de debilidad alerta a los adversarios. Desde hace meses he argumentado que hay muchos liderazgos opositores latentes en el país. Ahora veremos cómo el fin de la luna de miel atiza su ambición.

Por Alejandro Poiré

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