¿“F*ck Trump”?

En la entrega entrega de los premios Tony en el Radio City Music Hall de Nueva York, Robert De Niro inició su aparición con esa expresión: “Fuck Trump!”

¿“F*ck Trump”?

En la reciente entrega de los premios Tony en el Radio City Music Hall de Nueva York, Robert De Niro inició su aparición con esa expresión: Fuck Trump! La audiencia, vestida toda de gala y celebrando lo mejor del teatro estadounidense de este año, se levantó en una ovación sentida y unánime cuando De Niro insistió diciendo, con mirada desafiante y ambos puños en alto, en moción de lucha, ya no es solamente abajo con Trump, es ¡fuck Trump! Más que entusiasmo, me dio tristeza y angustia verlo.

No porque me parezca que el presidente estadounidense merezca un trato especialmente respetuoso, o porque esté de acuerdo con alguna de las políticas que promueve, ni mucho menos con el tono invariablemente ofensivo de su discurso.

Como muchas otras que genera y rodean a Donald Trump, la escena protagonizada por De Niro y su público parece más extraída de un thriller postapocalíptico que de la vida real. Pero la profunda polarización que refleja el episodio es auténtica, y además es creciente.

No imagino que esa misma expresión hubiera sido recibida igual hace incluso un solo año. Es la muestra de que un segmento muy importante de la población estadounidense ya no encuentra otra forma de expresarse sobre Trump, más que desde la ira y el insulto. Y que supone, quizá, que sólo desde ahí es viable oponerse a él.

Se corre el riesgo, sin embargo, que al montarse en el discurso del odio entre dos polos tan opuestos que no hallan punto de encuentro, uno de ellos haga palanca con esa resistencia y salga fortalecido. Que más que frenarlo, le estén haciendo el juego a Donald Trump.

Insultar es lo fácil; libera rabia e impotencia; genera satisfacción por estar en lo correcto y denostar al malo; centra la responsabilidad en el otro y oculta la propia, y facilita la congratulación entre partidarios. Pero se pierde de vista que esa misma imagen, la de De Niro vitoreado con furor en su injuria, es la gasolina que nutre los prejuicios y rencores que alimentan la maquinaria política y social de Donald Trump. Es, para ellos, la imagen de todo lo que está mal con su país, rechinando en su derrota y pataleando por proteger sus privilegios.

Y por ello es que a pesar de todo, Trump hoy es aproximadamente tan impopular (-10% de aprobación neta, según fivethirtyeight.com) como en su momento lo fueron algunos de sus antecesores, y su tendencia va lentamente al alza. Y gracias a la aberración del colegio electoral, hoy el escenario más probable es que se reelija en 2020, y el próximo sexenio entero tengamos que lidiar con él como presidente vecino.

Lo que no ha encontrado la izquierda estadounidense es lo difícil, y lo más importante: es saberse oponer en democracia ante un potencial destructor de ella. No caer en la trampa del apaciguamiento simbolizado por la tibieza de Chamberlain frente a Hitler en 1938, pero tampoco en el agravio y la destrucción sin estrategia, que simplemente son palancas para el engallamiento de los radicalismos.

Ante el riesgo de alimentar la espiral de las violencias, es urgente calmarse. Pensar con claridad los irreductibles que hay que defender en materia de libertades, pluralismo, separación de poderes y consolidación de la democracia, y asegurarse de que ellos son la base para impedir, en buena lid, la implementación de malas ideas. Y para que siga habiendo espacio para el encuentro y la construcción compartida de valor público.

@ALEJANDROPOIRE

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