Exrector baila con Rosario en la cárcel

Lo que sucedió en aquella ocasión, si no fue una trampa de Rosario contra Narro, sin duda eso pareció

Verónica Malo Guzmán
Verónica Malo Guzmán / Tres en raya / El Heraldo de México

Mi visita a Rosario Robles en Santa Martha Acatitla es el título de la columna de ayer de Francisco Garfias en Excélsior. Ahora bien, lo noticioso no está en lo que le contó al periodista, sino en el personaje que —ahora sabemos— salía de visitar en esa prisión a la excolaboradora de EPN. Dice el columnista: De entrada, me topé con una sorpresa cuando una de las dos mujeres que la custodiaban abrió la puerta y me pidió que pasara. La encontré con su amigo en las buenas, en las malas y en las peores, como la de ahora: José Narro Robles. Los dos le van a Pumas, son paisanos (de Coahuila), tocayos (por el Robles) y ‘pareja de baile’, nos dijo el ex rector de la UNAM.

¿Visitó Narro a su amiga para bailar el Jailhouse Rock a la Elvis? ¿O lo hizo para lamentarse de que, por culpa de los excesos de Rosario, el exrector sufrió un fuerte golpe en lo que más le enorgullece de su personalidad: su fama del académico que lleva una vida austera? Narro aspiró a la candidatura presidencial del PRI de 2018; sus posibilidades se fortalecieron con un video del IMSS; exhibía sus dotes de bailarín. La gente compró al carismático personaje. Pero… un día el tuvo la pésima idea de comer con Robles.Eran los tiempos en los que el PRI y Peña analizaban si elegían a Narro o a Meade. En algunas encuestas Narro era más popular que Meade. Para muchos, el exrector —dicharachero y culto al mismo tiempo— podía conquistar al electorado popular con sus puntadas inteligentes.

Le adornaba sobre todo su fama de hombre sencillo y aterrizado; casi a la AMLO. Vivía en la misma vivienda desde que se casó, iba al súper y si salía a comer a restaurantes lo hacía —como se dijo en su momento— en lugares para nada caros o exclusivos. Fue visto varias veces en un restaurante italiano bastante bueno y de precios accesibles, La Lanterna, ubicado en Reforma muy cerca de la Secretaría de Salud, que encabezaba en ese entonces.

¿Por qué Narro, que buscaba una candidatura presidencial, aceptó comer después de una junta del gabinete de Peña Nieto en el restaurante italiano más fifí de la CDMX, el Cipriani de Masaryk? Además ¡con vino carísimo!, tal como lo exhibió en El Universal Carlos Loret de Mola, quien destrozó a Narro cuando lo pescó quebrando su costumbre de mantenerse alejado de los derroches de políticos que ofenden a la gente. ¿Por qué lo hizo? Respuesta: lo invitó a almorzar su amiga; y ella sí, durante años, se entregó a la ostentación de nueva rica, lo que la llevó a ser criticada y a equiparársele con el sinónimo de la corrupción.

Hoy Robles enfrenta un duro (y desaseado, creo yo, por decir lo menos) proceso judicial. Si Rosario no es culpable (esperemos saberlo pronto a ciencia cierta y conforme a Derecho), ciertamente vivió como si lo fuera, y se llevó a Narro entre los tacones Christian Louboutin, diseñados para la mujer que se ríe del vértigo. Lo que sucedió en aquella ocasión, si no fue una trampa de Rosario contra Narro, sin duda eso pareció. Recordemos que mientras bebían un carísimo vino Pago de Carraovejas, se difundió que al mismo tiempo, en El Rincón de la Lechuza, Meade le entraba a unos tacos de buche con agua mineral.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

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@MALOGUZMANVERO

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