Esplendidez

El diestro español Pablo Aguado hizo el toreo eterno y causó conmoción en la maestranza de Sevilla

Heriberto  Murrieta / Blasones / Heraldo de México
Heriberto Murrieta / Blasones / Heraldo de México

Es el toreo que queda guardado en la retina y el corazón de los aficionados, dejando una sensación de felicidad. Contrario a su apellido, Pablo tuvo una actuación maciza, de 24 kilates, rebosante de calidad artística, temple y un talento fuera de lo común.

Felizmente, el diestro sevillano se zafó del corset, del estereotipo en el que han caído muchos toreros españoles en los últimos años, más atentos al toreo utilitario que al de inspiración. El público sevillano, sensible, que no sensiblero, disfrutó al máximo su actuación.

Aguado tiene 28 años y menos de dos de haber tomado la alternativa, que se la dio Ponce en el mismo ruedo de La Maestranza. Apenas participó en seis corridas el año pasado. Toreó con arte, ante la mirada cercana del máximo exponente del arte torero. No sólo eso: el cartel era de mucho peso, de tremendo compromiso y responsabilidad, alternando con Morante de la Puebla y completaba la tercia ese perro de peruana presa que es Andrés Roca Rey.

10 de mayo de 2019, una fecha histórica en el toreo moderno. Cuatro orejas y una delirante salida a hombros en olor de multitud. Buena colocación, naturalidad, pureza, autenticidad sin ventajismos ni artilugios y toreo lento. Un rechazo total a la espectacularidad y los alardes ramplones.

Es su primera faena hubo justicia para el toro y justeza de duración, no así de contenido.

En este sentido, hubo una madura esplendidez del nuevo artista de los ruedos. Un buen toro de Jandilla, aprovechado con la medida de los sabios.

El de Pablo Aguado fue el toreo de otros tiempos, los tiempos idos de una grandeza de incalculable valía. Fue la confirmación de que el toreo por delante no necesita de pases tremendistas por la espalda ni recursos desgastados para impactar. Toreo al ralentí, laxo y adormecido, cocinado a fuego lento, con valor sereno y mucha verdad en cada pase.

Embarcaba al toro con un toque terso, casi imperceptible, para luego mecerse y fundirse con él en muletazos bellísimos, aromáticos, de extraordinaria factura, auténticamente consagratorios. El torero puede no nacer pero hacerse; sin embargo, el torero de arte nace.

El elegante Pablo iba exultante en las emotivas vueltas al pandero y como un poseso en la fosfórica salida de La Maestranza, donde lo esperaban la brisa primaveral del Guadalquivir y sus nuevos simpatizantes, que buscaban arrancarle las hombreras para llevarse un recuerdo de la mágica jornada.

Pablo Aguado es un torero para México. Sus condiciones artísticas y las del toro mexicano pueden ser una combinación sensacional para el próximo invierno.

Sería un grave error que las empresas mexicanas no hayan tomado nota y no lo contrataran.

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