Escucha a la naturaleza

Un legendario dicho popular asegura que la naturaleza es sabia. Nos lo ha dejado muy claro millones de veces

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Agregaría que, además de sabia, es muy artista porque nos regala formas y colores inimitables e irrepetibles.

Pero, cuando se siente amenazada, ataca para defenderse como lo haríamos cualquiera de los humanos. También lo hemos comprobado justo cuando enfrentamos un serio reajuste a nuestras vidas con el fin de desacelerar el calentamiento global y evitar lo que se presume como catastrófico para mediados de este siglo.

Hace algunos años tuve que hacer una transmisión en vivo a control remoto desde un parque en la ciudad de Houston, Texas. Era un día húmedo y ardiente típico del verano.

Junto con el equipo de producción me coloqué en mi posición sobre una mullida cama de pasto verde intenso. Me indicaron mi entrada al aire y comencé mi transmisión. En lo que hablaba, el camarógrafo me hizo una seña con la mano para que me moviera ligeramente hacia un lado; supuse que para que el encuadre tuviera una mejor composición.

Seguí la indicación sin cortar mi discurso y, obviamente, sin dejar de mirar atentamente hacia la cámara.

Ese día yo llevaba puesta una falda y unos zapatos abiertos muy propios para el calor de la temporada, así que mientras me dirigía a los televidentes, una intensa comezón ardiente y poco controlable comenzó a tentarme con perder la concentración.

Empezaba a convertirse en un martirio que no parecía concluir nunca cuando, por fin, terminó mi tiempo al aire y me dieron corte.

Por fin pude mirar hacia abajo y encontrar qué me sucedía en el pie derecho.

Desde el 1.73 metros a donde me llega la cabeza, miré con susto mis dedos llenos de bolitas rojas que se movían inquietas. Me habían movido porque me paré en un hormiguero de especie de fuego y, como la naturaleza es sabia, se fueron a defender de mi destrucción. Cualquiera que me haya visto ha de haber pensado que estaba loca porque empecé a bailar un jarabe tapatío zapateando con mucha fuerza sobre el pasto para sacudirme a mis pequeñas enemigas; no, un momento ¡la enemiga era yo! o ¿cómo? ¡Vaya confusión! Quién se defendía de quién.

El caso es que terminé en cama un par de días con una alta fiebre producida por las picaduras que dejó en mis dedos el veneno alcalino inyectado por mis amiguitas de fuego. En mis horas de reposo me pregunté ¿No hacemos eso mismo los humanos cuando nos sentimos bajo la amenaza de que alguien pueda destruir nuestro hormiguero? Sobre todo, cuando ese hormiguero se traduce al corazón.

No perdamos de vista nunca el arte que naturalmente nos regala la tierra, pero, especialmente, las lecciones que nos dan sus minúsculas criaturas vivientes antes de que sea demasiado tarde.

POR ATALA SARMIENTO
COLUMNAS.ESCENA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@ATASARMI

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