Equipaje perdido

Es la peor pesadilla de cualquier viajero. Sobre todo cuando se está en un país extraño, lejos de todo ​lo medianamente familiar

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

La pluma se arrastra fría sobre un papelito: anota nuestro número de vuelo, nuestros teléfonos, la dirección del hotel. La banda del equipaje del aeropuerto de Penang gira como el planeta, y como el planeta mismo carga ya sólo una maleta desinflada que claramente no es la nuestra.

Ya nos lo preguntó el encargado del equipaje perdido, el policía, el que despacha: ¿están seguros de que esa maleta no es suya?; mil veces les hemos contestado lo mismo: esa no es. Es un eco desde el fondo del abismo que se abre frente a nosotros: una semana en Malasia sin ropa limpia, con nuestra maleta lejísimos; quizá, dicen, se quedó en Nueva York, pero hay que ver, hay que preguntar, hay que tener fe: estas cosas pasan.​

Nos aferramos al recibo que representa para nosotros todo. Llevamos 28 horas de vuelos: ¿qué nos pondremos tras quitarnos el volador sobaco de tres países? En el aeropuerto prometen rastrear la maleta en menos de 12 horas. Podemos soportar medio día en parcial desnudez: nuestra especie caminó desnuda (incluso en cuatro patas) hasta llegar al fuego.​

El staff del hotel nos ofrece avisarnos sin demora la primera noticia que reciban sobre nuestro equipaje, con una sonrisa ambigua, con la que igual expresan condolencia y empatía. Esa noche no dormimos: soñamos que nuestra maleta llega a Sudáfrica, donde otro calvo y otra de rizos la reciben, curiosos y desconfiados. Llamamos al aeropuerto a las 12 horas: la difícil voz del otro lado nos dice que aún no saben nada; tendremos que esperar un día más.​

Compramos lo primero que se nos cruza en un centro comercial emplasticado, pura supervivencia: en el hotel se revelan prendas horribles, como comer hierbas secas o beber orines. Medio deprimidos, tratamos de hablar al aeropuerto de nuevo, tener más noticias; nadie contesta. En el hotel nos previenen: a esas alturas, es probable que la maleta ya esté con otros especímenes, abandonada en un basurero. Si ese fuera el caso, aseguran (con una sonrisa que acaso intenta paliar el mal augurio), el aeropuerto también debería avisar.​

No podemos perder más tiempo: estamos en Penang. Hay que ver la ciudad colonial y los graffitis; hay que comer nasi kandar y assam laksa, y beber teh tarek y cerveza cara. Así que nos disfrazamos de una especie que no somos, con playeras de corte raro y pantalones que caen como mala melena. Y la pasamos casi bien, caminando entre templos, bajo el sol protozoario. En esas ropas que no son nuestras se siente más nuestra propia carne; el recibo de la maleta perdida, la esperanza leve que todavía quema en la pompa derecha.​

Regresamos al hotel oliendo a comida exótica y a piernas hinchadas. Nos abre la puerta un botones, con su sonrisa ambigua: nos tiene una noticia. Guardamos el aliento y, antes de escuchar el animal destino, cerramos los ojos.

 

Por Ruy Feben y Carlota Rangel

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