Enemigo íntimo

Algunos atletas nacieron para su deporte. Su triunfo no sorprende, pero su fracaso incomoda

Gustavo Meouchi / De leyenda / El Heraldo de México
Gustavo Meouchi / De leyenda / El Heraldo de México

Santiago Abad Viciano nació en Barcelona el 24 de julio de 1969. Mide dos metros y tres centímetros; era veloz, fuerte y ágil. Debutó como profesional a los 15 años en la liga de basquetbol española. Se retiró a los 32 años, después de jugar 364 partidos profesionales, pasar por 10 equipos y vestir 16 veces la playera de la selección de su país para competencias internacionales. Tiene dos campeonatos (una Liga y una Copa del Rey), tres subcampeonatos y fue elegido el Mejor Sexto Hombre de la Liga ACB en la temporada 1993-94.

Era un jugador completo: corría, encestaba, defendía, recuperaba. Era alto, pero eso no lo ataba al aro. Su capacidad física era tan notable que parecía una garantía, y lo fue, ya que pese a todo, consiguió una longeva carrera deportiva. Triunfador, sí, pero también entrañaba un cúmulo de promesas de gloria y fama fantásticas que no se cumplieron.

En sus años en la duela tuvo varios enfrentamientos con técnicos e incluso con algunos jugadores. A su carácter explosivo se atribuyeron dificultades de formar equipo o de explotar su potencial en la liga y después de su partida el mundo del basquetbol continuó con su inercia.

Para propios y extraños, lo que ocurrió con Santi fue una espina molesta. No fracasó, pero tampoco triunfó conforme al pronóstico y la anomalía se asimiló en el inconsciente colectivo hasta hace algunos años, cuando él mismo mencionó una palabra tabú en su momento: depresión.

Recientemente abordó extensamente el tema. Sobre su sensación de desesperanza inexplicable, su llanto al final de cada partido con independencia del resultado, el miedo que causa sentirse infeliz con aquello para lo que uno ha nacido y en lo que es bueno. Sobre levantarse y acudir al trabajo día tras día y año tras año sintiéndose triste, miserable e incluso odiándolo, pero sin tener más opción que la disciplina.

Habló de mostrar vulnerabilidad y pedir ayuda; se la negaron, y su solicitud legitimó críticas en su contra. Los hombres no lloran, no en los 90, no en España, lo dijo Miguel Bosé. Menos aquellos deportistas de más de dos metros.

Cerró con una frase que testimonia su convicción de que hay muchos atletas en el mundo con depresión. Con seguridad es así, pero no se habla mucho de ello, no con la frecuencia que las estadísticas proyectan.

La Organización Mundial de la Salud reporta que 4% de la población mundial vive con depresión. Seguro hay atletas dentro de ese porcentaje, muchos más de los que sabemos, pese a la liberación de endorfinas que la práctica prolongada de ejercicio reporta al cuerpo. Esos atletas sufren estrés y ansiedad. Como muchas personas, cotidianamente lo enfrentan sin hablarlo o pedir ayuda por miedo al posible estigma.

Santi Abad, hoy, a sus 40 años, le ha dado al deporte que arruinó su vida un obsequio que todos podemos aprovechar: la posibilidad de hablar de algo que cobra miles de vidas cada año y que en el futuro se proyecta como una de las más importantes causas de incapacidad: la salud mental.

POR GUSTAVO MEOUCHI
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