En seguridad, tarde y atrás

Los sucesos violentos simbolizan la impunidad con la que el crimen organizado manda y se conduce

Wilbert Torre / Serendipia / Heraldo de México
Wilbert Torre / Serendipia / Heraldo de México

A Marquelia y Cópala, corazón de la Costa Chica de Guerrero, se llega por una carretera que se extiende hasta Pinotepa Nacional, recortando el litoral por pueblos donde los niños venden agua de coco al paso de los topes, y un par de metros detrás, sus madres atienden unos puestos de venta de artesanías de coral y madera, costales de sal y frascos de miel.

Para llegar a Playa Ventura, donde las cocineras costeñas sirven langostas recién atrapadas y cocinadas en mantequilla o en chile guajillo, acompañadas de frijoles, el viajero debe frenar el vehículo unas mil veces para librar los topes que colman el camino, y un par de ocasiones ante el muro formado por hombres robustos, de brazos tostados al sol y carabina al hombro.

Policía Ciudadana, se leía en un cartel que los acompañaba. Los visitantes y los lugareños hacían el alto y tras ser saludados por los policías, algunos depositaban monedas de 5 y 10 pesos, y uno que otro billete de 20 para recaudar fondos que ayuden a mantener a las policías ciudadanas que aquí, como en otros estados, hace algunos años se crearon en las comunidades asediadas por grupos criminales y se hicieron cargo de la seguridad pública.

En los últimos años, la Costa Chica de Guerrero ha sido un raro paraíso de tranquilidad, en medio de la violencia que cubrió a los municipios, carreteras y comunidades de la Tierra Caliente, de la Costa Grande y del centro del estado. Hace cinco o diez años, a la Costa Chica llegaban de Acapulco y de Chilpancingo las mismas noticias violentas que se reciben ahora. La última, hace unas horas, indicaba que un grupo de hombres armados había asaltado en la Carretera del Sol a turistas que viajaban de regreso a la Ciudad de México.

Hay partes vitales del tema de seguridad pública que no admiten contrastes comparativos.

No se trata de que el Presidente pueda declarar que tiene sus números, y que éstos indican que los asesinatos en el país han descendido en los primeros meses del nuevo gobierno. Sucesos violentos como la matanza de una familia ocurrida en Minatitlán, Veracruz, y el asalto a familias de turistas en la carretera del Sol, superan la controversia de los números: simbolizan la impunidad con la que el crimen organizado manda y se conduce en extensos territorios del país, y confirman un estado prolongado de ausencia, incapacidad o impotencia del gobierno federal para combatir esos actos criminales en jurisdicciones que le corresponden. El asalto en la autopista a Acapulco puede ser una metáfora de la batalla del gobierno contra el crimen organizado: las policías Federal y del Estado llegaron tarde a detener a los delincuentes.

Como en Pemex, donde ha quedado claro que las bandas de huachicoleros conocen mejor a la paraestatal que las nuevas autoridades, el gobierno de López Obrador va tarde y atrás: no ha logrado alterar la impunidad y el poder del crimen organizado que como siempre, como si no hubiera habido el mínimo cambio político, golpea sin pudor en los ductos, en las playas y en las autopistas federales.

 

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@WILBERTTORRE

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