Ellas

Mucha razón tienen cuando pintan su rechazo a una guerra brutal contra su derecho a estar tranquilas

Javier García Bejos / Colaborador / Columna Editorial
Javier García Bejos / Colaborador / Columna Editorial

Las pintas en el Ángel de la Independencia van directo a la conciencia de todos. Hemos formado un país en donde las mujeres, mientras peleaban los espacios para estar en empresas o en la política, luchando por la igualdad, perdieron la posibilidad de caminar en la calle o trabajar sin ser acosadas o poder usar el transporte público sin recibir obscenos abusos.

Lamentablemente hoy no pueden vivir tranquilas ni celebrar el espacio que se habían abierto en el mundo de ellos.

Faltaba ver que, al sembrar el discurso igualitario, se apagaron las voces de los machos. Guardaron su reclamo para expresarlo en la era del terror contra las mujeres que hemos atestiguado. La inseguridad tiene género y a ellas les pega con todo, y en sus protestas más que justificadas, está toda la ira contenida de generaciones que lucharon para que en este país no se quedarán atrás. Sin embargo, con los años, nuestra realidad se tornó sórdida; sólo saliendo así, juntas y empoderadas, tomaron las calles y levantaron la mano. Alzando la voz, nos dejaron el mal sabor de todo lo que hemos hecho para fallarles.

El reclamo es para todos, pero sobre todo para la rampante impunidad que es la que destruye la confianza. Esa impunidad frustra el legítimo reclamo de justicia y nutre la rabia que da voltear a ver a las instituciones y encontrar indolencia, incompetencia y excusas.

La realidad en este México es difícil y vuelve en demagogia todas las causas que han rebasado por años a cualquier gobierno.

Lo cierto es que ellas aquí están. No se pueden quedar calladas ni pueden estar condenadas a vivir en un país en donde, con la mano en la cintura, se vuelven víctimas sólo por ser mujeres.

Ellas deben ser el motor del cambio que queremos en México y que empieza en el núcleo de las familias. La inclusión y el respeto deben orientar el crecimiento de los hogares y deben seguir en las calles, en donde todos deberíamos cuidarlas: ellas son nuestras abuelas, madres, esposas, hermanas e hijas.

Mucha razón tienen cuando pintan, en el corazón del país, su rechazo a una guerra dispar y brutal contra su derecho a estar tranquilas.

Dicen que sólo quienes no pueden ver se sorprenden cuando se tropiezan. Como sociedad y como mexicanos, frente a la violencia contra las mujeres, llevamos con los ojos vendados tanto tiempo que entonces no nos debiera sorprender lo que está pasando.

Si no respetas a una mujer, ¿entonces, qué puedes respetar? Para quitarnos la venda de los ojos, no esperemos magia de los gobiernos ni milagros del cielo.

Mejor, como sociedad, reflexionemos y actuemos con los pantalones bien puestos para que las mujeres, fuertes e inquebrantables, puedan seguir siendo el pilar de nuestras familias, nuestra sociedad y nuestro México. Pasando por el Ángel, leí la frase: México feminicida, tan cierta en el corazón y a los ojos de todos.

Me niego a pensar que vivimos así aquí mientras como si nada.

POR JAVIER GARCÍA BEJOS

COLABORADOR

@JGARCIABEJOS

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