Elba Esther y la prisión de chocolate

Los cinco años y cinco meses que estuvo en “cautiverio” obligado causa sospechas en la actual coyuntura lopezobradorista

Elba Esther  y la prisión  de chocolate

La exoneración total a Elba Esther Gordillo, por los delitos de lavado de dinero y delincuencia organizada, ha levantado todo tipo de ámpulas en la opinión pública.

Sin embargo, hay que subrayar que la indignación tiene mucho de coyuntura. Duele más en estos días, por el momento político-electoral que se vive (la transición encabezada por Andrés Manuel López Obrador, quien fue apoyado por el yerno y el sobrino de la ex lideresa sindical), pero, en los hechos, Elba Esther estuvo exenta de pisar una celda desde el primer día que entró a prisión. La simple revisión de la cronología lo demuestra.

El 26 de febrero de 2013, con un Enrique Peña Nieto que apenas sumaba 88 días como Presidente, Elba Esther fue detenida en el Aeropuerto Internacional de Toluca, Estado de México terruño del mandatario. Más la ex lideresa del SNTE no pisó una celda común, como poco común fue también su desempeño como dirigente magisterial y su cercanía con el poder.

Desde el primer momento, bajo el argumento de procurar los cuidados médicos que necesitaba por una insuficiencia renal y las secuelas de la hepatitis C que padecía, fue internada en un ala del área clínica en el Penal de Tepepan, en la CDMX.

Y así se la pasó prácticamente los cinco años y cinco meses que duró su cautiverio: de ahí pasó a a un hospital privado en el Edomex; luego, a un hospital público, de nuevo en la Ciudad de México, y nuevamente a un hospital privado también en la capital del país.

Ahí vivió, con comida especial; ropa de civil, no de interna; concesiones como televisión, equipo de reproducción de video y sonido; regadera propia, y accesorios de marca. Nunca la abandonaron Ferragamo, Chanel y Louis Vuitton. Total, dicen que en la cama y en la cárcel se conoce a los amigos. Y en su caso, ella tenía las dos condiciones, y los diseñadores de lujo le hicieron compañía.

Más tarde, a finales del año pasado, Elba Esther Gordillo obtuvo prisión domiciliaria. Las autoridades judiciales encargadas de su caso consideraron que no presentaba riesgo de fuga, amén de que le colocarían un brazalete de geolocalización. Así, se fue a la carcel en Polanco, a una de sus múltiples propiedades: un penthouse.

Aunque le impusieron restricciones y le quitaron sus documentos migratorios, sólo una semana duró con el brazalete electrónico que se les impone a los reos que reciben el beneficio de la prisión domiciliaria. A ella, por supuesto, que se le dio la concesión. Una más.

El motivo: la fundadora del Partido Nueva Alianza (recién desaparecido por no conservar el porcentaje mínimo de votación, aunque percibió millonarios recursos públicos) dijo que se estresaba. Manejar mil 978 millones de pesos, monto por el que la acusaron de lavado, al parecer es menos estresante que tener un dispositivo de geolocalización en el tobillo.

Finalmente, se definió que se sobreseyera su proceso, y quedó exonerada por completo.

La pregunta obligada es: ¿por qué no se cuestiona la simulación del encarcelamiento de Elba Esther, tanto como se cuestiona su liberación (totalmente cuestionable y sospechosa, por supuesto que coincido)? Sólo hay que ponerle contexto. O como se dice: hay que destacar que es tan malo el pinto como el colorado.

¿Te gustó este contenido?




Lo mejor del impreso
OpiniónBolsa de red: El must del verano

Bolsa de red: El must del verano