El último tren

A veces toca escribir de cosas emocionantes; a veces de cosas más tristes. Este texto es quizá el que concentra más emociones de todos

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

Cuando vemos el reloj, faltan 10 minutos para que el tren salga de Lausanne a Vevey. Es el último de la noche, así que nos atragantamos las cervezas y hacemos terremotos sobre la mesa antes de salir corriendo rumbo a la estación: ya pasa de la medianoche, es la exacta Suiza, y nosotros vamos a destiempo. Jadeamos por las calles que bajan. Casi podemos escuchar en las ventanas apagadas a todos los suizos despertando de su sueño de miércoles: ¿es que no se supone que el mundo es un preciso reloj creado al principio de los tiempos para que los seres humanos duerman a sus horas? ¿Qué son esos pasos que tunden la realidad palpable, que son esos ¡Aquí a la derecha! ¡A la derecha!?

Reptamos veloces bajo la ciudad dormida: acaso, en el reloj preciso, nosotros somos la pieza que desentona: el día que completa el molesto año bisiesto.

Llegamos al tren hechos trapo. Nos sentimos los seres más afortunados del mundo, venciendo al gran reloj, haciéndolo trabajar en favor nuestro. Reímos en medio de miradas suizas a medianoche, en medio, pues, de una serena jungla.

No deja de ser irónico que, de inmediato, nuestro teléfono suena como rugido: nos enteramos, todavía sin terminar de correr, que esta semana se publican por última vez estas Señales de humo en El Heraldo de México.

Nos detenemos y, de algún modo, el mundo se detiene; de pronto nuestros jadeos y nuestras piernas hechas chicle fluyen en medio de una quieta nada: una manecilla a punto de saltar hacia ese vacío que es el futuro.

No decimos nada, pero pensamos lo mismo: nos quedan demasiadas cosas por escribir, demasiado por contar. Luego de 106 textos, apenas hemos levantado una capa de lo que ocurre cuando viajar se vuelve algo más que un modo de gastar las vacaciones, una maquinaria que empuja y justifica a la vez todo cuanto existe.

Faltan los caballos de Kirguistán, la vez que casi nos tiran en medio de la estepa desierta; y falta cierta playa del Mediterráneo turco, cierta calle repleta de ojos; y falta escribir muchísimo más de México: de miles de calles y cientos de pueblos; y falta ahora Sevilla y la propia Lausanne; faltan los lugares donde ya estuvimos, las memorias de esos lugares que ahora están escondidas, pero que emergerán algún día con un significado nuevo. Faltan los viajes que faltan.

Falta decir gracias a quien esto lee. Nunca escribimos aquí sobre lo que debe hacerse en los lugares, sino de lo que los lugares han hecho con nosotros. Gracias por atestiguar ese proceso jadeante, en el que siempre quisimos más abrir preguntas que dar desinfladas guías de viaje.

Pensamos en lo que debemos escribir para despedirnos de este espacio. ¿Un recuento? ¿Una propuesta nueva? ¿Una última reseña? El tren arranca: pensando en eso, nos alejamos, lento y luego rápido, hacia la noche cobijada de montañas.

POR RUY FEBÉN Y CARLOTA RANGEL

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