El trapecista baterista

Siempre tuve admiración por los trapecistas. Mirarlos dando giros en el aire me hacía vivir, extrañamente, esa misma sensación de volar en el aire

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Cuando era adolescente mi hermano menor tenía un juego que, aunque duraba segundos, se convirtió en uno de mis favoritos porque me daba esa misma sensación que cuando veía a los trapecistas en las alturas. El juego se llamaba El salto platillo y era adrenalina pura y directa al torrente sanguíneo.

En la sala de la casa había un sillón muy largo, con forma de media luna, en el que cabían sentadas unas ocho personas. Era una joya de la familia porque había pertenecido a un tío abuelo al que mi padre adoraba y se trataba de una pieza de colección de las que ya no fabricaban en tiempos modernos, así que era pecado jugar en la sala con tan únicos muebles y daba mucho morbo desafiar la prohibición.

Rafa mi hermano creció soñando con ser baterista y usaba las ollas de la cocina de mi mamá como tambores y las tapas como platillos. Pero un día se le ocurrió usar los platillos para otra cosa. Estando en casa con un grupo de amigos, nos llamó a todos a la sala para sentarnos en el gran sillón-joya de la familia. Aún no entendíamos qué pretendía, pero atentos seguimos sus indicaciones. Le brillaban los ojos de emoción y parecía aún más travieso de lo que ya lo hacía lucir su blanca cara llena de pecas.

Cuando por fin estuvimos los ocho sentados en el sillón, él se fue hasta el recibidor con las dos tapas de las ollas en las manos; desde allí tomó vuelo y empezó a correr hacia la sala a toda velocidad. Todos lo miramos sin saber qué iba a suceder hasta que, encarrerado, subió su pie a un extremo del sillón para impulsarse y volar.

Como en cámara lenta lo vimos flotar sobre nosotros, abriendo las piernas como si fuera de goma, y saltándonos; a medio vuelo, largo y jubiloso, juntó las tapas de las ollas haciéndolas retumbar como si fueran los platillos de una batería hasta que llegó a la otra punta del sillón y concluyó su gran salto como si fuera un gimnasta profesional. Nos salió de la entraña darle un sincero y merecido aplauso por la hazaña y le pedimos que repitiera el salto varias veces más.

Desde entonces, muchas veces que venían amigos a la casa, le pedíamos a Rafa jugar al Salto platillo y tener esa sensación de estómago pegado a la espalda mientras lo veíamos volar en el aire tronando los platillos. Yo lo admiraba como a un trapecista.

Creo que todos tenemos algo de malabaristas. En la vida vamos dando muchos giros en el aire saltando obstáculos. Lo valioso es atreverse a volar mientras hacemos resonar nuestros sueños para llegar al otro extremo satisfechos de nuestra hazaña ¡Así de emocionante como cuando jugábamos al Salto platillo!

Por Atala Sarmiento

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