El silencio, ¿un capricho de oro?

Después de salir a la luz las víctimas de Harvey Weinstein, se comprobó que nunca es tarde para romper el silencio

Brenda Jaet

Se destapó la caja de pandora con la primera víctima de abuso sexual de Harvey Weinstein que tuvo el valor de contar su historia al mundo entero sin temer a las consecuencias. Una tras otra fueron saliendo las víctimas, actrices como Ashley Judd y Angelina Jolie, delatando a este monstruo que vivía bajo nuestras narices y que, de alguna forma, alimentábamos consumiendo lo que producía, haciéndolo cada vez más grande y poderoso.

Después salió la denuncia de Anthony Rapp, la víctima de Kevin Spacey, quien tal vez se armó de valor al ver lo que sucedió con Weinstein y pasó lo inimaginable: derrocó al gigante protagonista de la serie más exitosa de Netflix: House of Cards, después de que otros salieron también a denunciarlo, dando una alarmante cifra de que uno de cada seis hombres es molestado sexualmente alguna vez en su vida.

Todo esto culminando el 2017 con la portada de diciembre de la revista Time, que hizo una oda al nombrar como Persona del año al grupo de mujeres que rompieron el silencio y denunciaron el acoso sexual públicamente.

Cabe mencionar que la persona seleccionada por la revista siempre es un hombre, mujer, pareja, grupo, idea, lugar o máquina que, para bien o para mal, haya tenido mayor influencia en los eventos del año.

Pero entonces ¿por qué no hablaron antes ellos o los testigos? El silencio a veces vale oro. Se sabe de los tejemanejes de Weinstein para acobardar a sus víctimas, obligar a callar comprando testigos, periodistas, amenazando y, en otras ocasiones, pagando, por ejemplo $250 mil dólares a su ex asistente Zelda Perkins. Bill O’Reilly es otro de los incurridos en este tipo de escándalos, y se sabe que pagó $32 millones de dólares en uno de sus casos para callar la boca de una de sus víctimas.

Hay estudios que demuestran que las víctimas están dispuestas a perdonar a sus agresores si creen que esa relación puede beneficiarlos después, por lo que es fácil ver por qué racionalizaban de cierta forma los abusos. Ahora bien, si eso es lo que sucede en los casos de Hollywood que nos enteramos, aquí en México estamos también coludidos en este sistema. Sucede en todos lados y, a veces, el silencio se compra con oro y a veces con puro rollo, pero en la base de todo se encuentra la misma sustancia: el miedo.

Me sorprendí gratamente que en el más reciente libro de Lucy Lara, Imagen, actitud y poder, relatara cómo en una ocasión fue víctima de acoso sexual por parte de su jefe y tuvo que callar por miedo a perder su trabajo. Hoy, en entrevista para este medio, me dice que definitivamente sí hay que denunciar. Me pareció un paso en la dirección correcta, pues no existe fecha de caducidad para evidenciar y nunca es tarde para romper el silencio.

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