El relevo

Es indispensable la flexibilidad, la creatividad y la rendición de cuentas permanente, ante un electorado que puede desear ajustes sustantivos

El relevo

Pensamos en los momentos de transición como instantes cruciales donde un integrante del equipo pasa a otro una estafeta, enfocados en el detalle, todos orientados a un logro en común. En las organizaciones humanas, todo cambio de liderazgo supone algo más complejo: una reorientación de prioridades, una reasignación de esfuerzos, una reinterpretación de los retos, y desde luego una redefinición de objetivos. No suponemos que pueda mantenerse un propósito común e inmutable entre una administración y otra, y ni siquiera que ello ocurra a lo largo de un mismo sexenio. Es indispensable la flexibilidad, la creatividad y la rendición de cuentas permanente, ante un electorado que puede desear ajustes sustantivos.

Sin embargo, el gobierno que hoy ha iniciado exagera la profundidad del viraje deseado por la población, y en función de ello ha minado las bases de su propio éxito. Si bien es obvio que no vivimos una carrera de relevos donde cada uno de los equipos presidenciales se encarga de los próximos 600 metros, sí debemos pensar que cada 1 de diciembre un nuevo equipo tomará el timón de un barco que, si bien puede cambiar su rumbo, sigue navegando por los mismos océanos y trasladando a los mismos pasajeros, y habrá de enfrentar vientos y mareas.

De hecho, la administración entrante tendrá que maniobrar en aguas aún más complicadas, y tripular una nave severamente dañada por la impudicia de la gestión de Enrique Peña Nieto.

Ahí es donde se ha confundido el papel renovador de la transición. Sí es necesario revaluar mecanismos y destinos; el manotazo del electorado no puede ignorarse. Pero también hay que reconocer que los problemas y las limitaciones que tenemos para arreglarlos son iguales a los que enfrentaba la administración saliente, que las circunstancias de los mercados internacionales siguen siendo las mismas; que los retos estructurales para resolver el tema de seguridad en nuestro país son de carácter geopolítico y regional; y que la capacidad de las herramientas gubernamentales para tener impactos favorables es siempre contingente a muchas eventualidades.

Pero pareciera no reconocerse. Y por ello la incertidumbre que se percibe dentro y fuera de la nueva coalición gobernante no puede interpretarse sólo como el temor de quienes protegen privilegios. Más bien, es un reconocimiento a que el gobierno entrante ha puesto por encima de casi cualquier otro valor el simbolismo del cambio (de la destrucción, dirían otros) como eje central de su proyecto. Ha iniciado hoy un gobierno al que lo distingue, sobre todo, su desprecio por el pasado, que confunde en ese rechazo los instrumentos que sí tiene con las circunstancias que no controla, y sintetiza todo en un solo valor y un supuesto mandato, un propósito transformador. Ese descuido en el relevo, anunciado muy temprano, y confirmado cada vez más, hace pensar que muchas cosas, muchas más de las que debieran, van a salir mal.

No hay otro camino ante esa incertidumbre que el de renovar un compromiso, que va mucho más allá de oponerse al nuevo rumbo que tomen algunas políticas, y de respaldar aquellas que produzcan esos cambios que muchos anhelamos. Es el compromiso de negar que la totalidad se resuma en un nuevo proyecto de gobierno. Es el de reconocer lo público como propio, como ineludiblemente nuestro, de quienes apoyan y no al nuevo gobierno, y de preparar desde hoy la consolidación y defensa estratégica del valor supremo de nuestra vida pública, que es la democracia. El no hacerlo sí supone ponerla en riesgo.

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