El regreso de Narcos México

Hay un punto extra de angustia y tenebra en esta historia, como es propio del cine y las series de gángsters gringas

Julio Patán / Malos Modos / Heraldo de México

Nuestro pasado reciente, el pasado de violencia criminal, corrupción policiaca y matrimonio entre las mafias y la política, se ha convertido, de un tiempo acá, en fuente de buena televisión –si es que televisión es un término adecuado– y sobre todo en una buena forma de entendernos, hoy y aquí, disfuncionales y violentos como somos.

Sí: el México de hoy sólo se comprende cabalmente si volteamos hacia los 90, como hace 1994, la buena serie documental de Netflix, o hacia los 80, década en que se desarrolla Narcos México, que ahora alcanza su segunda temporada en la misma plataforma.

Y la alcanza bien. Los valores de la primera siguen ahí: un guion rudo y ácido, muy de novela negra, talento para las escenas de acción realista y un buen puñado de actuaciones, la primera de ellas de Diego Luna, como Félix Gallardo, al que logra convertir en un personaje intenso, contenido, creíble en su genio organizacional y su maldad matizada, libre de maniqueísmos.

Ahora, me parece, la serie gana en penumbras y tensión. A Félix Gallardo, El Chapo, Amado Carrillo y compañía los encontramos donde quedaron al final de la primera temporada: en la cumbre del poder, pero también en una red de conflictos internos que no dan tregua y sobre todo agobiados por la DEA, dispuesta a cobrarse la tortura y asesinato de Kiki Camarena, tema central de la temporada 1. Sí, hay un punto extra de angustia y tenebra en esta historia, como es propio del cine y las series de gángsters de tradición gringa, que es, a final de cuentas, en la que se inscribe esta serie notable.

Porque, sí, ahí está también el México del sismo del 85, que es el del principio de la decadencia priista. El de la narcopolítica, anticipado por el periodista Manuel Buendía, asesinado un año antes. El México que a pesar de todo enrutaba hacia la democracia. Pero más que nada estamos ante una serie bien hecha, con estándares, si me permiten la expresión, primermundistas, construida con personajes fuertes, diálogos efectivos, dramas de familia e intrigas. Una serie, pues, que debe ser disfrutada sin culpas.

Y es que ha sido polémica.

Veo que a Diego Luna le cuestionan en redes que haga una apología del narco. No lo es. Desde luego, toda la tradición del cine de mafiosos nos pone ante la inquietante paradoja de que nos simpatiza el malo; de que nos atrapa, nos seduce. Sí, este Félix Gallardo tiene magnetismo. Pero la distancia con una suerte de narcocorrido en imágenes es sideral. Lo que tenemos enfrente es un personaje complejo, cuyas virtudes no ocultan sus vicios, incrustado en un mundo asimismo infame del que es a un tiempo un producto y un primerísimo responsable. Tenemos, pues, una historia en tonos de gris, como son las buenas historias.

Échense un maratón de domingo por la tarde. Y así: sin culpas.

POR JULIO PATÁN
JULIOPATAN0909@GMAIL.COM
@JULIOPATAN09

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