El problema de Peña Nieto

El presidente tiene en su poder elegir al siguiente candidato al PRI. ¿Cuál de los nombres que tiene en mente puede ganar una elección?

El problema de Peña Nieto

Cuando leo o escucho que alguien habla de el dedazo, me siento atrapado en un desesperante texto de Jorge Luis Borges, en el que el tiempo es circular. En México, desde hace muchas generaciones, cuando el PRI gobierna, el presidente decide quién será el siguiente en su lugar (salvo que se les atraviese un Ernesto Zedillo en el camino. Muchos coinciden en que fue él quien decidió –por acción u omisión– la alternancia que llevó a Vicente Fox a la presidencia). Pero el punto es que en este universo surreal en el que las cosas se repiten, nadie duda ni un poco que Enrique Peña Nieto será quien elija al próximo candidato del PRI a la Presidencia de la República, sin importar que exista o no la pantomima de un proceso partidario interno para designarlo.

La verdad es que todas las especulaciones sobre si Aurelio Nuño, José Antonio Meade y Miguel Ángel Osorio Chong (los tres a los que apunta del dedo de Peña) se reparten amabilidades de frene y puñaladas por detrás, no son más que una obviedad. ¿De qué otra manera podría ser, si están todos sometidos a otra expresión igual de tremenda que el dedazo?: la liturgia priista. El presidente de la nación es, digamos, el Sumo Pontífice al que todos los priistas se le inclinan, incluido el presidente de su propio partido. ¿Verdad, Enrique Ochoa?

En esa liturgia, el presidente está rodeado de un séquito que se le opone bastante poco. Lo que implica también que hay decisiones en las que está muy solo. ¿Se atreverían Nuño, Meade y Osorio a exaltar el lado flaco de sus competidores?

La diferencia, es que Peña Nieto tiene un problema mucho más grande que el que tuvieron los presidentes priistas anteriores. No hablemos de ética o moralidad, hablemos de emociones humanas puras y duras: ¿quién con el poder de elegir al hombre –nunca mujer– que gobernaría el país los siguientes seis años, evitaría hacerlo?

En cambio, Peña tiene en sus manos asuntos extra relacionados a esta decisión, que no tuvieron los demás en su lugar. Hace apenas unas décadas, no existía el Tribunal de Justicia Electoral de la Federación, no existía el Instituto Nacional Electoral (ni su antecesor, el IFE, creado en 1990) y desde luego, lo más importante, es que no existía una estructura social capaz de crear una alternativa política a la del partido en el gobierno.

Todo eso ha cambiado. Así es que ahora Peña Nieto, no sólo tiene que decidir quién. Para hacerlo debe tomar en cuenta si el personaje será capaz de ganar una elección, si tiene el perfil para oponerse a Andrés Manuel López Obrador y a la persona que resulte candidato del mentado Frente Ciudadano.  También deberá decidir si lo destapa antes o después de que los tiempos electorales lo obliguen a promocionar a su partido pero le prohíba hacerlo con ningún precandidato. Como Nuño, Meade y Osorio son funcionarios públicos, podrían seguir con presencia en los medios de comunicación hablando de sus funciones y dejar el cargo apenas seis meses antes de la elección, como lo marca la ley. Peña Nieto será juzgado por la decisión que tome, incluso mucho más que sus antecesores. Así de sencillo.

 

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