El placer de comer

Desde hace cuánto no se da el tiempo de poner la mesa, de colocar los cubiertos y disfrutar del momento sin prisas

Chepina Peralta/ Columnista de El Heraldo de México/ Columna Con Chepina
Chepina Peralta/ Columnista de El Heraldo de México/ Columna Con Chepina

Qué tal amigos, quiero empezar el año con una propuesta que nos traerá muchos beneficios y que hasta les va a mejorar el carácter: el placer de comer.

Con ello me refiero a todo el bienestar que podemos obtener cada vez que lo hacemos, y es que casi siempre comemos en piloto automático y no nos damos cuenta de que dentro de nuestra cabeza están los sentidos, los cuales nos proporcionan todo lo que observamos, degustamos y sentimos.

Estoy segura de que si llegamos a un lugar en donde están echando tortillas, aun sin ver, nuestro olfato nos habla y, sin querer, ya estamos imaginando que podríamos estirar la mano y sacar una infladita del comal, ponerle sal, hacerse un taco y darle la mordida. Y si hubiera una linda cazuelita con guacamole o un chilito verde que pudiéramos morder… qué tal, ya se les hizo agua la boca, ¿no?

Les explico lo que quiero comunicar. El primero en hacer su trabajo al enviar el olfato al cerebro es la nariz, y cuando los ojos ven el guacamole, ¿qué pasa?, se nos hace agua la boca: el cerebro ordena a las glándulas salivales trabajar. La saliva, al masticar, envuelve los alimentos y ahí empieza la digestión, porque la saliva contiene enzimas, y al mismo tiempo decimos: ¡qué rico!

Sentir lo picante del chile, más la tersura del aguacate mezclado con la sal y el sabor de la tortilla, detectamos una pizca de cebolla… pero, ¿cómo supimos todo esto? Porque en la lengua están las papilas gustativas, que se encargan de transmitir los diferentes sabores para que los disfrutemos junto con los aromas de cada alimento, los cuales percibe la nariz mientras masticamos. ¿Cómo la ven, les gustó el taco?

Por otro lado, trata de recordar alguna ocasión en que se te hizo tarde y pasaste varias horas sin comer: llegaste a una cafetería, comiste cualquier cosa que encontraste y lo hiciste desordenadamente sólo para quitarte el hambre, sin fijarte en las cantidades ¿Cómo te sentiste después?, ¿incómodo, verdad? Con una sensación de estar lleno y hasta con dolor de cabeza.

Ahora, te invito a hacer memoria sobre cuando comiste en casa, en la mesa, con un lindo mantel, platos y cubiertos; sentiste la tersura del mantel y el color y la forma de los platos; viste cómo están colocados los cubiertos y la servilleta; te sentaste tranquilo con la familia y fuiste observando la forma de cada uno de los alimentos, los degustate mientras masticabas, percibiste los olores, sin prisas.

Tratemos de hacer una comida así, conscientes de los que estamos haciendo, conviviendo con nuestros sentidos, sólo así nos permitiremos el placer de comer, ya que estamos satisfechos, de buen humor, platicamos y nos sentimos acompañados.

¿Y si hacemos de esta forma de comer una costumbre? ¿Y si tratamos de ser conscientes del ambiente, de la compañía? Incluso podemos tratar de arreglar la mesa, colocar algún detallito y dejar que el olfato, el oído y la vista trabajen para dejarnos disfrutar la comida sin prisas.

Me gustaría que me compartan sus experiencias. ¡Hasta la próxima, que usted la guise bien!

POR CHEPINA PERALTA

abr

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