El niño y su sopa

No tendría más de 8 años cuando mi padre nos contó una historia que no sólo se me quedó grabada para siempre ¡me sacudió para el resto de mi vida!

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Volvíamos del colegio y estábamos a punto de comer. La persona que nos ayudaba en casa tuvo una época en la que le dio por experimentar recetas exóticas y un día se le ocurrió hacer una sopa de aguacate.

Mis hermanos y yo repelamos de inmediato para que mi papá nos liberara del experimento; para él era un pecado imperdonable desperdiciar la comida, así que comenzó a contarnos la siguiente historia:

Había una vez un niño que llegó cansado del colegio y se sentó a comer. Le sirvieron una sopa que, sin probar, dijo que no le gustaba. Sus padres no le dejaron desperdiciarla así que, en lo que los demás terminaban toda su comida, él siguió con su sopa ya fría frente a él. Llegó el postre, el café, todos se levantaron de la mesa y él se quedó allí sentado con la sopa helada.

Hasta que se la comiera podría ir a jugar con sus amigos o hacer la tarea. Llegó la noche y todos cenaron algo delicioso menos él. El plato de sopa seguía ante al niño que no quería ni meter la cuchara en el plato hondo. Allí pasó la noche sentado frente a la sopa, incómodo, sin dormir.

Pasaron los días y el niño no podía levantarse de la mesa hasta que se comiera la sopa que ni había probado. Transcurrieron semanas y meses. La sopa se había empezado a pudrir. Estaba lamosa y llena de moscas igual que el niño que no podía ni bañarse. Así pasaron los años y el niño creció, se hizo adulto, pero seguía sentado con su sopa. Se había quedado sólo y todos habían hecho su vida sin él.

El niño se hizo viejo; le había crecido una gran barba blanca que se le había mojado en ese caldo descompuesto y maloliente lleno de insectos, telarañas y costras. Al viejo le habían crecido tanto las uñas que ni siquiera podía coger la cuchara para meterla en el plato. Así llegó el día en que el niño murió de viejo. Todos se pusieron muy tristes cuando fueron a despedirlo al panteón porque ¿qué creen que pasó allí?… pues que al niño lo enterraron ¡CON SU SOPA!.

Congelados y atónitos escuchábamos a mi padre quien, al concluir la escalofriante historia, metió su cuchara en la sopa para devorarla, creo que no muy contento, pero dándonos el ejemplo. Por supuesto, lo imitamos aterrados para evitar que nos pasara lo mismo que al niño.

Tardé años en superar el trauma del cuento, pero entendí dos grandes lecciones de mi padre:

1. No juzgar sin conocer o decir que algo no nos gusta si no lo hemos probado.

2. Las oportunidades no siempre se presentan dos veces y hay que DISFRUTARLAS porque nos vamos de aquí sin llevarnos nada, pero sí dejando una huella. Procura que esa huella no sea un plato de sopa podrida llena de moscas y telarañas.

 

Por ATALA SARMIENTO

@ATASARMI

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