El mundo, aislado

Ahora el gobierno de Donald Trump, en Estados Unidos, parece tratar de diferenciarse del resto del mundo, lo que invita a que otros tomen su lugar


Una leyenda relata que allá por la segunda mitad del siglo XIX una tormenta azotó el Canal de la Mancha y rompió los cables telegráficos que aseguraban las comunicaciones entre Gran Bretaña y Europa, The Times de Londres publicó un titular en el que anunciaba El Continente, Aislado.

El cuento viene a la memoria ahora que el gobierno del presidente Donald Trump, en Estados Unidos, parece tratar de diferenciarse del resto del mundo.

Claro que en esa época las flotas de Gran Bretaña controlaban las rutas marinas del mundo y no necesitaban de hecho de Europa; Londres podía comerciar con Estados Unidos y las Américas, mientras las riquezas de Asia y África fluían a los cofres de sus casas de cambio, sus bancos y sus empresas comerciales.

Durante su desempeño como secretaria de Estado, bajo el gobierno de Bill Clinton, Madeleine Albright solía referirse a Estados Unidos como la nación indispensable. Eran los momentos de la pos-Guerra Fría, con los estadounidenses frescos de una histórica victoria sistémica sobre la Unión Soviética buscada por más de medio siglo y trabajada por gobiernos demócratas y republicanos.

Pero era también cuando aún se consideraban como una fuerza por el bien, como factores de cambio positivo, y aún trataban de mantener sus mitos como promotores de democracia, derechos humanos y bienestar universal a base de libertades individuales e igualdad.

Hoy las cosas parecen haber cambiado.

En qué medida es resultado sólo de la elección de Donald Trump en Estados Unidos, con una agenda de nacionalismo económico basada en percepciones equivocadas de lo que ocurre en el resto del mundo está por verse. Lo cierto es que la situación actual no es la de hace 20 años y que sus decires no son exactamente conducentes a una mejor relación con sus aliados.

El alejamiento de Estados Unidos y Europa, significado en las quejas sobre comercio con Alemania y el duelo de voluntades con la canciller Angela Merkel, el forcejeo disfrazado de saludo con Emmanuel Macron, de Francia, y los señalamientos del primer ministro italiano, Paulo Gentiloni, que expresó acuerdo con Merkel sobre la necesidad de que Europa se haga cargo de su propio futuro, son expresiones no sólo importantes, sino de cambios más profundos.

Si bien Estados Unidos sigue como el eje del sistema creado después de la Segunda Guerra Mundial, su aparente desinterés en mantenerlo sólo invita a que otros tomen su lugar.

China, por lo pronto, ya se ofreció como un eje de comercio. Su propuesta ruta de la seda no sólo tiene ecos históricos, tiene connotaciones económicas y geopolíticas de importancia.

Europa, a su vez, reemerge como un centro político, sin haber dejado de ser un núcleo económico de importancia.

Los países de la Cuenca del Pacífico se sintieron marginados por la decisión de Trump de desechar el Tratado por la Prosperidad (TPP) y América Latina comienza a ver en varias direcciones.

El mundo comienza a aislarse.

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