El mejor regalo navideño

Muchas familias encuentran en la Navidad la razón para estar juntos. Quizá han esperado todo el año para ello porque viven separados por un océano o continente; pero harán lo imposible por reunirse en tal fecha

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Este año mi marido y yo celebramos la Navidad dos veces para poder estar con nuestras familias. Primero adelantamos el festejo en México y después viajamos para llegar justo a la cena de Nochebuena con la familia de España.

Ya he compartido las reiteradas adversidades que enfrento siempre que tengo que tomar un vuelo y el estrés que me producen mis sorpresitas viajeras. Para mi fortuna, esta vez estaba siendo diferente. Todo transcurría con un cálculo de relojero suizo; ninguno de mis vuelos había cambiado de horario, de puerta de abordaje, o de ruta. No había perdido ningún documento, ni conexiones de vuelo; no hubo aterrizajes de emergencia y hasta las maletas salieron a tiempo y completas. La Navidad me estaba regalando un viaje que deslizaba como mantequilla en pan tostado.

Era extraño llegar a Barcelona sin contrariedades. Esta no suelo ser yo, pensaba mientras bajábamos rendidos tras un viaje de muchas horas y poco sueño. La soledad y el silencio que reinaba en el aeropuerto El Prat de Barcelona me hacía sentir en un capítulo de la serie The Walking Dead. No había un alma. Tampoco coches rumbo al hotel. Era extraño ver a la siempre viva y jubilosa Barcelona en una especie de anestesia temporal. En el recorrido, las calles desoladas y las luces de los departamentos encendidas, me hacían escuchar ecos de risas, de abrazos, de familias felices de encontrarse tal y como estábamos a punto de hacerlo nosotros.

Demasiado bello para ser verdad me retumbaba en la mente justo cuando estalló la bomba que tan temerosamente esperaba. Al llegar al hotel, la brillante persona que hizo nuestra reserva desde agosto, la anotó para diciembre de 2019, así que no teníamos habitación y, para colmo, no había disponibilidad para la Noche Vieja, de tal suerte que se nos planteó la opción de tener que cambiar de hotel la última noche del año. ¡Claro, no sería yo si no me pasara esto!, pensé impetuosa en el momento. Pero de inmediato remediaron nuestro lío de hospedaje.

Camino a la cena me remonté a esa imagen de El Prat, completamente desierto y silente, y pensé en la cantidad de personas que, siendo navidad, no estaban con sus familias para que alguien como yo, o como tú, pudiéramos fundirnos en un abrazo con nuestros seres más queridos. ¡Qué más daba el disgusto del hospedaje! Estábamos allí, listos para algo que habíamos esperado casi todo el año. ¿No es ese el regalo más grande que se puede recibir en una fecha así?

¡Bon Nadal Barcelona! ¡Feliz Navidad México!…

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